Ambato en una canción

La letra de la canción que arranca con esta frase “Ambato tierra de flores”, de autoría de Gustavo Egüez Villacrés, es el representamen ampliamente difundido que le ha dado esa trascendencia de símbolo superpuesto, puesto que la canción con música de un guayaquileño (Carlos Rubira Infante), es la reiteración subliminal. Digamos aquí que el músico referido dejó con su letra el “Altivo Ambateño” como un desafío externo a la identidad de Tungurahua, lo que ahora se tiene como de orgullo propio. Sobre este detalle volveremos en un subsiguiente enfoque simbólico bajo el criterio de “ciudad resiliente”, contestataria a los terremotos.
Esto merece una explicación informativa:
Vino después del terremoto de 1698 la reubicación del poblado quitándoles las tierras a los indios de Quisapincha que estaban asentados en el sitio más alto llamado San Bartolomé (que no hay que confundir con Pinllo). Comenta don Juan León Mera: “En este estado los indios de Quisapincha representaron oponiéndose a la traslación del lugar y quejándose del maltratamiento de los españoles y de sus inauditas violencias, especialmente de don Cristóbal del Cid, quien, según los indios aseguraban, había hecho levantar en media plaza una horca para colgar en ella a los caciques y demás indígenas que no contribuyeran a la nueva fundación. Estos indicaban las llanuras de Isamba para el efecto o pretendían que los españoles se retirasen a Mocha, en donde fue su primitivo asiento…” (p. 264).
No es nada nuevo en Ambato donde se canta que “nunca hasta Ambato llegará la mala suerte/ si es de pelear pelearemos con la muerte…/ Esto resulta de la inspiración del lirismo desinformado de la historia, impulsado, difundido y ejecutoriado por quienes desconocen su historia y por las castas de poder que han dejado la impronta de homenaje a don Cristóbal del Cid, dentro de la monumentalística urbana.
Saber que después del primer despojo fundacional, se produjo el despojo telúrico y se rubricó con la horca a los sobrevivientes indígenas, para enorgullecernos de resilientes, me parece una herencia aberrante, paranoica e indignante que manejan los operadores ideológicos, los que no han sufrido el trauma, de donde surge le resiliencia como reacción. Los sujetos actuales no lo sienten por no haberlo vivido. Imaginémonos cantando un Altivo ambateño, delante de los indios colgados como banderas al viento.
¿Qué nos queda por argumentar? Pues que no sustentamos ni siquiera el chauvinismo mestizo, porque nuestras identidades provienen de injertos sentimentales que no resisten una historicidad localista. Pongamos como escudo de lo dicho dos nombres: Montalvo y Adoum. Escudriñando sus raíces aparecen otras tierras nutricias. (O)
