Reporte en cancha abierta 

Columnistas, Opinión

Ustedes saben ¿cuándo más se extraña a un amigo, a un conocido o a un familiar? … Pues, cuando no se lo tiene presente para darle un abrazo y decirle todo cuanto se lo quiere, estima o defiere. Y saben cómo se extrañan las cosas y las fechas y las acciones de la vida, pues, precisamente cuando no se las tiene, se las pierde o se mantienen en el limbo.

Bueno, algo de eso nos ha pasado a los ecuatorianos en las últimas semanas. Hemos acudido presurosos -como nunca antes- a presenciar los encuentros eliminatorios del Mundial 2026 y nuestra selección: perdió con quien pensábamos que debía empatar, empató con el equipo que se suponía debíamos ganar y finalmente, ganó a la selección con la que se suponía podíamos perder.

Cumplimos exactamente el camino previsto, pero al revés y lo hicimos, sin embargo y a pesar de las vibras menguadas por los resultados primarios, pero con el espíritu arrumado a las que se mantuvieron intactas en su fe, y por ello, el jueves 25 de junio, santoral de los Guillermos, hemos dado un paso hacia los dieciseisavos de la competición. Vale decir, acaba de empezar para nosotros y nuestra selección mundialista el verdadero -mata mata- del campeonato mundial. EL tiempo de las meditaciones y las probadas de puestos, quedó para la historia. Ahora ya no hay pretextos. Somos o dejamos de ser. 

¿Qué pensar del futuro cercano en estas lides deportivas?

Quizá que ha llegado la hora de abandonar los cálculos y las especulaciones. Los pronósticos, como ya quedó demostrado en esta primera etapa, sirven apenas para alimentar conversaciones de café o discusiones de sobremesa. La cancha, en cambio, siempre termina escribiendo su propia historia.

Ecuador arriba a esta instancia con una lección aprendida: no existen rivales pequeños ni gigantes invencibles. Cada encuentro será una final y cada error podrá costar el regreso anticipado a casa. Pero también cada acierto, cada jugada colectiva y cada destello de talento pueden abrir el camino hacia una página inédita de nuestro fútbol.

Ahora ya no se trata de clasificar; se trata de trascender. De convertir la ilusión en convicción y el entusiasmo en disciplina. De comprender que un Mundial no se gana con la memoria de los triunfos pasados ni con el temor de las derrotas recientes, sino con la determinación de disputar cada balón como si fuera el último.

Los ecuatorianos hemos recuperado algo más que la esperanza. Hemos recuperado la certeza de que esta selección sabe levantarse cuando muchos la creen vencida. Y esa, quizá, sea la virtud más valiosa para afrontar el verdadero campeonato que hoy comienza.

El resto pertenece al terreno de los valientes, donde once jugadores representan los sueños de millones y donde, durante noventa minutos, un país entero vuelve a creer que lo imposible puede convertirse en historia.

Huelga decir… el santoral se festejó como nunca antes, con muchos conocidos, amigos y parientes encontrados sin haber programado; pudimos gritar -no uno- sino dos goles eternos, sufrir y tensionar al espíritu por ciento un minutos de juego; y, finalmente reír y llorar de emoción, con unas ganas incontenibles de abrazar a todos los futboleros y repetirnos unos a otros que la historia cambió y que nuestros jugadores -recuperando el chip- cumplieron a cabalidad con ellos, por ellos, con nosotros, con todo un país y con el fútbol.

Cumplí una promesa en el primer aniversario de ausencia del amigo. Por él y con él, y por toda la manada que aguarda su momento, grité el tan ansiado gol y repetí el siguiente con un alarido aún más fuerte y extendido, hasta ahogarlo en lágrimas.

Lo demás, está por verse. (O)

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