La Declaración Universal de los Derechos Humanos y la Autoestima

Columnistas, Opinión

“La Declaración Universal de los Derechos Humanos es un semillero  de esperanzas ilusorias que se convierten en frustraciones masivas y frenan el desarrollo de la autoestima”.

La autoestima, es de doble faceta de valoración que hacemos de nuestra propia persona o amor que nos tenemos a nosotros mismos, es una condición imprescindible para  descubrir la felicidad;  pero dudamos mucho que una persona que basa su bienestar, no en sus méritos personales, sino en unos derechos innatos que han de  satisfacer los demás, puede tener una buena autoestima y por consiguiente,  pueda ser feliz. La Declaración Universal de los Derechos Humanos, en vez de potenciar la autoestima de la humanidad, para que goce de mas felicidad, la restringe, haciendo al individuo dependiente.

Indefectiblemente, cuando alguien quiere establecer su superioridad (casi siempre ficticia) sobre los demás, lo primero que le conviene hacer es marcar e incluso exagerar las diferencias existentes entre el aspirante a dominante y el pretendido dominado y para dominar a una persona o una colectividad, no hay nada mejor que aniquilar o machacar su autoestima.

El que cree sin reparos en la Declaración Universal de los Derechos  Humanos piensa que, por el mero hecho de haber nacido y sin presentar ningún mérito a cambio, él es  tan importante como cualquier otro individuo y tiene los mismos derechos que los demás y se convence ciegamente de ello, pero, no lo hace por una deducción basada en su experiencia propia, sino por su fe irracional en lo que le dicen sus aduladores. Sus  deducciones no proceden de la lógica, sino de una aceptación dogmática e interesada del criterio de los demás.

A los grandes líderes mundiales,  tanto políticos como financieros no les conviene que los individuos que componen la humanidad tengan autoestima, pues el que tiene autoestima no obedece a ciegas ni se cobija en ningún rebaño: Lo que les conviene es tener personas engañadas y agradecidas, porque consideran su sometimiento como una protección que les es imprescindible para compensar su carencia de amor propio. (O)

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