Impepinable

Columnistas, Opinión

“El que guarda, siempre tiene.” No solo es un refrán doméstico: es una advertencia política y económica inestimable. Las sociedades que ahorran -o que al menos preservan reservas para tiempos difíciles- resisten mucho mejor las crisis, sostienen la inversión y reducen su dependencia del endeudamiento o de la improvisación.

Por eso sorprende que no otorguemos el valor que corresponde al ejercicio gubernamental de recuperar, mantener e incrementar un ahorro nacional tan descuidado y menguado por gobiernos anteriores. Porque administrar un país no consiste únicamente en gastar, inaugurar obras bajo endeudamiento desmedido o multiplicar subsidios coyunturales. También implica prever, ordenar y proteger recursos para cuando lleguen inevitablemente los ciclos adversos, tener un mecanismo de protección.

Durante demasiado tiempo, sobre todo diecisiete años atrás, se confundió bonanza con riqueza permanente. Se consumieron reservas, se hipotecó estabilidad futura y se debilitó la capacidad del Estado para responder con solvencia a emergencias económicas o sociales. El resultado fue un país más vulnerable, más dependiente y con menor margen de maniobra.

Ahorrar no suele producir aplausos inmediatos. La prudencia fiscal rara vez genera la euforia política que despierta el gasto desbordado. De ahí que para ciertos oídos mejor suene la expresión “roban, pero hacen obras” que la impepinable frase “ahorra en previsión de tiempos difíciles”, sin embargo, ningún hogar sobrevive dilapidando todo lo que tiene, y ninguna nación puede aspirar a estabilidad duradera si desprecia el valor estratégico de sus reservas y de su disciplina económica.

Tal vez debamos empezar a reconocer que recuperar el ahorro nacional no es un acto de mezquindad gubernamental, sino una expresión elemental de responsabilidad. Porque el país que guarda, previsoramente, también es el país que puede sostenerse cuando arrecian las tormentas.

Las Reservas Internacionales son el conjunto de activos en moneda extranjera que administra el Banco Central del Ecuador para respaldar la liquidez y la estabilidad financiera del país. En una economía dolarizada como la ecuatoriana, su importancia es aún mayor porque Ecuador no puede emitir dólares.  

Dicho de manera simple: son los “ahorros” líquidos del país. Incluyen depósitos en bancos del exterior, inversiones financieras de corto plazo, oro monetario y otros activos internacionales, que sirven para: garantizar la sostenibilidad de la dolarización; respaldar los depósitos que bancos y entidades públicas mantienen en el BCE; atender pagos internacionales del Estado y del sistema financiero; proveer liquidez en momentos de crisis o incertidumbre; y, mantener confianza en la economía ecuatoriana.  

En un país con moneda propia, un banco central puede imprimir dinero ante emergencias. Ecuador no tiene esa posibilidad desde la dolarización del año 2000. Por eso las reservas internacionales cumplen un papel parecido al de un fondo de seguridad nacional: mientras más sólidas sean, mayor capacidad tiene el país para resistir shocks externos, fuga de capitales o crisis fiscales.

Por eso, cuando se habla de “recuperar el ahorro nacional”, muchas veces se está hablando precisamente de fortalecer estas reservas. En términos políticos y económicos, significa reconstruir un colchón de seguridad que durante años fue debilitado por gasto excesivo, uso discrecional de recursos y pérdida de disciplina fiscal.

El debate en Ecuador no es solamente técnico. En el fondo, refleja dos visiones de manejo económico: una basada en usar intensamente los recursos del Banco Central para sostener gasto y liquidez estatal; y otra enfocada en reconstruir reservas como respaldo de la dolarización y de la estabilidad financiera.

En una economía dolarizada, ese respaldo no es un detalle contable: es parte esencial de la confianza del sistema.

Cómo puede apreciarse, el tema es rigurosamente impepinable. (O)

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