La procrastinación II

Columnistas, Opinión

En el editorial anterior había quedado claro de que aplazar o retrasar deliberadamente tareas o responsabilidades importantes no es pereza, y que luchábamos equivocadamente contra una parte muy antigua del cerebro (sistema límbico) que no entiende de mañana, ni de planes a futuro, solo quiere gratificación inmediata, seguridad, comodidad y posee una arma devastadora, la amígdala cerebral, el centro del miedo, por eso no arriesga, no quiere sacrificio ni disciplina que requiera esfuerzo porque lo ve como peligro, incomodidad y potencial fracaso. A diferencia de la corteza prefrontal muy reciente que regula la conducta, el juicio, la toma de decisiones y la planificación. Es racional y altamente desarrolladoes la región que nos hace humanos, donde visualizamos el futuro si hacemos sacrificios hoy por recompensas mañana. Pero es débil comparada con nuestro sistema límbicotanto que cuando la amígdala dispara sus señales de pánico, consume una cantidad masiva de energía cerebral“robándole” recursos energéticos a nuestra corteza prefrontal y así perdemos nuestra capacidad de razonar, de planificar y muchas veces no podemos mantenernos firmes en nuestras decisiones. Por eso, al final del día, cuando nuestra corteza prefrontal está agotada es cuando más probable somos de procrastinar y de romper nuestras promesas. La fuerza de voluntad no es una virtud moral, es literalmente un “músculo” neurológico que se fatiga con el uso. Cada decisión que tomamos, cada impulso que resistimos, cada distracción que evitamos, consume una porción de nuestra reserva diaria de control. Nuestro cerebro primitivo ha evolucionado durante millones de años para “hackear” nuestro sistema de recompensas y mantenernos adictos a la mediocridad y no solo es más fuerte, también es infinitamente más astuto de lo que imaginamos, ha aprendido exactamente cuándo y a qué hora somos más vulnerables. 

La dopamina es el neurotransmisor de la motivación, pero aquí está el engaño infame, nuestro cerebro no libera dopamina cuando conseguimos la recompensa, la libera cuando anticipamos la recompensa. Es un sistema de predicción de nuestro cerebro diseñado para motivarnos a buscar cosas buenas. En los albores de la humanidad este sistema era perfecto. Veíamos comida y nuestro cerebro liberaba dopamina, sentíamos motivación, íbamos por la comida, sobrevivíamos, simple y efectivo. Pero en este mundo moderno frenético, atropellado, sostenido por la envidia y el egoísmo, este sistema se ha convertido en nuestro peor enemigo. Además, las redes sociales, los videojuegos, las notificaciones, todo ha sido diseñado por los mejores ingenieros, psicólogos y neurocientíficos para explotar nuestras vulnerabilidades y hackear nuestro circuito dopaminérgico. Estas plataformas generan picos de dopamina interminable, anticipación constante, novedad infinita, gratificación inmediata. Y aquí está lo catastrófico, cuando exponemos nuestro cerebro a estos estímulos super intensos constantemente, desensibilizamos nuestros receptores de dopamina, igual a cualquier adicción, necesitamos cada vez más estimulación para sentir lo mismo, mientras que las tareas normales, las que importan para nuestro futuro, esfuerzo de estudio, trabajo, hacer ejercicio, se sienten insoportablemente aburridas. No porque seamos débiles, sino porque hemos dañado literalmente nuestro circuito de recompensas. (O)

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