Claridad interior 

Columnistas, Opinión

La Semana Santa, celebrada por el mundo cristiano, nos deja algo más que rituales o tradiciones heredadas; nos deja ante todo la posibilidad  de detenernos a reflexionar y mirar nuestra vida con mayor sinceridad; volver la mirada hacia nuestro interior y revisar la coherencia entre lo que creemos, lo que sentimos y, sobre todo, cómo nos comportamos. En ese sentido, el mensaje de Jesús nos confronta directamente con nuestra claridad interior,  entendida esta como ese silencio interior que se alcanza cuando ordenamos nuestra conciencia, cuando entendemos que no somos lo que pensamos ni lo que sentimos; somos lo que elegimos hacer;  entonces, desde esa claridad, el mensaje de Jesús deja de ser una idea abstracta y se transforma en una guía concreta de comportamiento en la vida cotidiana.

Ciertamente, en la Semana Santa, esa claridad interior se convierte en el espacio donde la fe se traduce en coherencia y el amor en comportamiento. Este comportamiento no describe una emoción pasajera ni un sentimiento espontáneo, sino un modo de actuar. El amor que Jesús propone no depende de la simpatía ni del agrado personal, sino de una decisión consciente de tratar bien al otro. Comprender esto exige claridad interior: distinguir entre emoción y voluntad, entre sentimiento y comportamiento.

La claridad interior cumple un rol fundamental: Permite reconocer nuestras emociones sin ser dominados por ellas, y nos ayuda a elegir respuestas responsables y coherentes con nuestros valores.

Cuando Jesús dice: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”, en realidad nos está conduciendo al respeto, es decir a tratar a todos como personas valiosas, porque en realidad lo son. Ciertamente, cada ser humano tiene dignidad, y por ello merece atención, consideración y trato justo. Este amor nos invita también a la tolerancia, entendida como el dominio de uno mismo; la intolerancia, la exclusión y el desprecio no tienen cabida en una sociedad que aspire a la convivencia pacífica.

Asimismo, el amor enseñado por Jesús exige humildad: ser auténticos, reconocer nuestras limitaciones y actuar sin arrogancia. La humildad es una forma de claridad interior que nos libera del engaño y nos abre al encuentro sincero con los demás.

Que  esta Semana Santa, nos deje el mejor testimonio y se exprese en  gestos simples y cotidianos: una palabra respetuosa, una actitud tolerante, una mirada amable, una mano extendida. Ese comportamiento, nacido desde nuestra  claridad interior, da verdadero sentido al mensaje de Jesús y  da valor a nuestra vida personal y social. (O)

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