Docencia y peligro

Columnistas, Opinión

“Ser docente es una profesión vocacional dedicada a facilitar el aprendizaje, transmitir conocimientos y formar integralmente a los estudiantes, actuando como guía, mediador y agente de cambio social. Implica pasión por enseñar, actualización continua, empatía, creatividad y el compromiso de fomentar el pensamiento crítico y valores en un ambiente seguro”. Estas profundas palabras, tomadas de un agradecimiento del presidente de padres de familia, han perdido el peso y la contundencia por la hipocresía envuelta en palabras rebuscadas de labios para afuera.   

Hoy, los docentes enfrentan graves peligros laborales que incluyen violencia física y psicológica a través de amenazas y extorsiones; altos niveles de estrés, por sobrecarga administrativa; inseguridad y acoso laboral que carece de respaldo institucional y aumenta la vulnerabilidad del magisterio, transformando la enseñanza en una profesión de alto riesgo.

La escalada de violencia contra los docentes es una combinación de factores familiares disfuncionales, normalización de la violencia social, falta de límites claros y pérdida de autoridad institucional que facilitan el aumento de agresiones verbales, físicas y el ciberacoso en redes sociales. Detrás del anonimato, padres, estudiantes, hijos de vecino, colegas docentes, dan rienda suelta a la agresión cobarde; y, al día siguiente, es como si nada ha pasado. Esta hipócrita actitud de corresponsabilidad entre padres, autoridades y centros educativos deja a los profesores expuestos, en un entorno donde las normas sociales de respeto se han debilitado hasta ser letra muerta.

La ausencia de valores personales, es ausencia de normas en el hogar; prevalece la alcahuetería de los padres que actúan como «amigos» de sus hijos y desautorizan al profesor frente a ellos, inflando falsos egos y orgullos muy propensos a la agresión. Es secreto a voces que varios padres de familia ya conocidos en el entorno, propician soslayadamente el acoso escolar. 

La idea mezquina de ver a la escuela como una guardería y a los docentes como sus empleados, antes que, de un lugar de formación, conlleva al desinterés por el proceso educativo y al incumplimiento de deberes y tareas que se dejan de lado para “evitar contratiempos” con padres que no acuden a dialogar sino a intimidar a los profesores por el mal desempeño de sus hijos. El  respaldo institucional al docente no existe; motivado por la sobreprotección hacia los estudiantes. Esta ausencia de políticas de apoyo, genera un entorno de vulnerabilidad, ansiedad y sentimiento de soledad ante la limitación de la autoridad pedagógica que convierten la enseñanza en una incertidumbre y en lucha por la supervivencia profesional. 

Los profesores de la vieja guardia no sabían de protocolos, pero se guiaban por el sentido común. Nunca se pensaba que intervenir para impedir los golpes, el acoso, corrigiendo malas actitudes o groserías verbales entre estudiantes, pudiera representar un peligro para los docentes. Estas políticas educativas actuales van encaminadas a desmotivar al docente porque empoderan sin responsabilidad a padres y alumnos sin que asuman algún tipo de compromiso social con la escuela. Desacreditar la figura del docente para escudarse de su irresponsabilidad, es más fácil que asumir la tutoría legal. (O)

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