Salto cualitativo

Columnistas, Opinión

La Fiesta de las Flores y de las Frutas ha sido, durante décadas, el mayor orgullo cultural de Ambato. En otro tiempo, no muy lejano, fue también una de las celebraciones más relevantes del Ecuador. Hubo años en que las televisoras nacionales disputaban el título de “canal oficial” y transmitían en señal abierta la elección de la Reina, el Desfile de la Confraternidad y el Festival Internacional del Folclore. La celebración ocupaba un lugar privilegiado en la agenda nacional.

Hoy, esa imagen parece haberse reducido. Las transmisiones nacionales han desaparecido y la cobertura se limita, en gran medida, a fragmentos informativos y a la dinámica de las redes sociales. Es cierto que la comunicación ha cambiado, pero cabe preguntarse si hemos sabido adaptarnos o si, simplemente, hemos perdido visibilidad.

Uno de los rasgos distintivos de Ambato fue su decisión de no “jugar carnaval”: no mojar, no manchar, no agredir. Era más que una norma; era una declaración de identidad. Sin embargo, esa convicción se ha debilitado. El descontrol en ciertos sectores de la ciudad y la ausencia de regulación efectiva han transformado aquel principio en un recuerdo que algunos evocan con nostalgia. Las nuevas generaciones apenas conocen esta regla no escrita y no se percibe un esfuerzo sostenido por preservarla.

A ello se suma la expansión del comercio informal en calles y veredas céntricas, la improvisación en la planificación de eventos anunciados como “megaespectáculos” y la falta de claridad institucional en la conducción del Comité Permanente de la Fiesta. Incluso la presencia de figuras internacionales, como Miss Universo, terminó envuelta en desencuentros que poco aportaron a la imagen de la celebración.

Nada de esto desconoce el esfuerzo realizado ni la amplia participación ciudadana. Hubo entusiasmo, visitantes y compromiso. Pero cuando una fiesta cumple setenta y cinco años, la expectativa natural es que ese aniversario marque un hito y deje una señal inequívoca de renovación y liderazgo cultural. Vendrán las evaluaciones y, como ocurre cada año, también las defensas y las críticas cruzadas. Después, el tema se diluirá.

Es momento de ir más allá de la coyuntura y asumir que la Fiesta no es solo tradición: es patrimonio, proyección y responsabilidad. Recuperar su sitial en el concierto nacional no depende del pasado, sino de la capacidad de reinventarla con visión, planificación y unidad. Es hora de dar un verdadero salto cualitativo. (O)

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