La Fiesta es de Todos… pero la vereda tiene dueño

En Ambato decimos, con el pecho inflado, que amamos nuestra Fiesta de la
Fruta y de las Flores. Y es verdad. La llevamos en la memoria, en la infancia,
en la identidad. Pero este año, en sus bodas de diamante, pareciera que el
amor se nos volvió competencia olímpica.
Amamos tanto la fiesta que ahora practicamos deportes extremos para verla.
Primera modalidad: salto olímpico de veredas ocupadas. Porque lo que debería
ser espacio público se transforma, sin el menor pudor, en territorio privado.
Segunda modalidad: carrera de obstáculos entre sillas plásticas, cuerdas y
tribunas improvisadas que brotan como hongos en cada cuadra. Y la prueba
reina: resistencia psicológica ante el contundente “NO HAY PASO, SE
MADRUGA”, como si madrugar otorgara título de propiedad sobre la calle.
El absurdo es evidente. Para disfrutar de un desfile que celebra nuestra
identidad, primero debemos pagar un peaje moral: soportar gritos, malas caras
y hasta pedir permiso para pararnos en una vía que también es nuestra. Lo
público se volvió mercancía. Las veredas, que pertenecen a todos, ahora
tienen precio. Los balcones, entendible; los espacios privados, legítimos. Pero
la acera, la calzada, el tramo común no pueden convertirse en negocio
improvisado sin regulación ni consecuencia.
La preocupación es mayor porque hablamos de las bodas de diamante de la
fiesta, 75 años de historia, resiliencia y orgullo tras aquel terremoto que nos
marcó como ciudad. ¿En qué momento se nos perdió la empatía? ¿En qué
punto el afán de “aprovechar la oportunidad” pesó más que el sentido de
comunidad?
No se trata de satanizar a quienes buscan generar ingresos en días festivos.
Se trata de reglas claras. El orden no es enemigo de la fiesta; es su garantía.
Aquí el rol del Municipio es ineludible. A través de sus departamentos de
Servicios Públicos y Control debe establecer normativas precisas, socializarlas
con anticipación y, sobre todo, hacerlas cumplir. La autoridad no puede ser un
espectador más del desfile.
Porque la Fiesta de la Fruta y de las Flores no es un estadio con palcos VIP en
cada vereda. Es una celebración ciudadana. Y si de verdad la amamos,
debemos empezar por respetarnos entre nosotros.
Que el próximo año no tengamos que entrenar atletismo urbano para ver pasar
los carros alegóricos. Que volvamos a lo esencial: compartir, sonreír y recordar
que la calle, como la fiesta, es de todos.
