De alias en alias

Columnistas, Opinión

Tanto en la delincuencia común como en el crimen organizado, los nombres propios han dejado de importar. La crónica diaria de la violencia ya no habla de personas, sino de identidades inventadas. Alias detenido, alias abatido, alias fugado, alias liberado. Una cadena incesante de seudónimos que ocupa los titulares mientras el país se sumerge en el miedo y la incertidumbre.

La palabra alias tiene su origen en el latín alius, que significa “otro”. En español, se usa para referirse a alguien que actúa “bajo otro nombre”. En sus inicios, designaba motes adoptados por conveniencia o identidades alternativas. En el mundo criminal cumple funciones claras: oculta el nombre real, construye una imagen de poder y, en muchos casos, se convierte en una marca dentro de la estructura delictiva. El alias sobrevive incluso cuando el criminal cae; el nombre verdadero, casi siempre, se olvida.

José Luis Zambrano, líder de Los Choneros, asesinado en diciembre de 2020, se hacía llamar Rasquiña. Su muerte no trajo paz ni justicia. Por el contrario, abrió una etapa de violencia extrema y disputas sangrientas entre bandas. El hombre desapareció, pero el símbolo permanece: una muestra de un poder criminal que el Estado aún no logra desmantelar.

Otros alias siguen circulando con la misma facilidad con la que entran y salen de las cárceles o del país. Gato Farfán, vinculado al narcotráfico internacional; Fito, cabecilla de Los Choneros, recapturado y extraditado a Estados Unidos; Fede, jefe de Los Águilas, vuelto famoso en medio del caos penitenciario; Negro Willi, líder de Los Tiguerones, capturado en Europa y liberado luego por la incapacidad del Estado ecuatoriano de garantizar condiciones carcelarias mínimas. Todos los apodos parecen creativos y novedosos. Pero, el problema es el mismo de siempre.

La captura de “objetivos de alto y mediano valor” se celebra casi a diario por las autoridades. Pero la realidad es menos triunfal: muchos alias desaparecen, reaparecen, se reorganizan o son reemplazados con rapidez. La justicia no logra cerrar el círculo.

El país se ha acostumbrado a esta lógica como si fuera parte del paisaje o del inventario nacional. Al inicio incómoda; luego, normalizada. Y mientras seguimos contando alias, la violencia deja de tener rostro propio para convertirse, silenciosamente, en un sistema. (O)

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