Pasado, presente y futuro nacional

Columnistas, Opinión

El 2025 fue un año duro, áspero y profundamente revelador; nos deja cansancio, inseguridad, corrupción y con un pueblo que sobrevive entre el desconcierto y un optimismo cada vez más débil. La realidad en la calle cuenta una historia diferente a los indicadores oficiales.

La inseguridad marcó la agenda nacional, condicionando la vida de millones de ecuatorianos. El crimen organizado no sólo ha demostrado su potencial destructor, sino también su capacidad de infiltrarse en todas las instituciones estatales. Los ataques a estas estructuras, las deportaciones y detenciones de altos cabecillas no son suficientes. La gente continúa viviendo con miedo, que no se combate únicamente con operativos y estados de excepción, sino con instituciones sólidas, justicia fiable y una presencia constante del Estado.

El malestar social es otra señal contundente de la desconexión de las autoridades con la realidad. Las manifestaciones de casi un mes contra el aumento del precio del diésel, mostraron que las decisiones económicas no siempre tienen en cuenta el verdadero impacto sobre la población. La consulta popular reveló una nación dividida y desconfiada. Por eso, el estado de ánimo colectivo es de inquietud, descontento y una sensación de agotamiento emocional que no puede ignorarse.

En lo que respecta a la economía, el discurso oficial se enfoca en cifras positivas: crecimiento promovido por las exportaciones no petroleras, progresos tecnológicos como la red 5G y mejoras en el riesgo país. El gobierno, aunque esto parezca una broma, también afirma que hay confianza internacional en el país, reflejada por la presencia de Leonel Messi para jugar un partido de fútbol próximamente. No se puede calificar como un crecimiento verdadero cuando no hay empleo digno ni acceso a servicios sanitarios o educativos de calidad.

El país llega al 2026 con desafíos urgentes: seguridad, salud pública, empleo y educación. No basta una gestión técnica ni esconder la realidad con indicadores macroeconómicos; se requiere liderazgo político auténtico y un gobierno presente, de territorio, capaz de escuchar, reconocer el descontento social y comprender la realidad que hoy golpea a las familias ecuatorianas.

El año nuevo puede ser de recomposición o caída libre. La forma en que el poder político comprenda que gobierna un país profundamente herido y que este necesita dirección clara, empatía, solidaridad y soluciones concretas, marcará el presente y el futuro. Los ecuatorianos están a la espera. Y ya han esperado demasiado. (O)

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