2025: El punto de inflexión en la economía ecuatoriana

Columnistas, Opinión

Tras el convulsivo escenario del 2024, un año marcado por la parálisis energética y una contracción del Producto Interno Bruto (PIB) cercana al 2%, la economía ecuatoriana ha logrado trazar una ruta de recuperación que desafía los pronósticos más pesimistas. Al cierre de 2025, el país mostró señales de recuperación después de la contracción registrada en 2024. No obstante  no puede afirmarse que el país haya salido definitivamente de la recesión;  sino que se ha posicionado como uno de los protagonistas del crecimiento regional en Sudamérica, alcanzando una expansión de entre el 3,2% y el 3,8%, según las estimaciones de los principales organismos multilaterales. Este dinamismo sitúa al país solo por detrás de gigantes en recuperación como Argentina y Paraguay, consolidando un «efecto rebote» que ha devuelto la confianza a los mercados internacionales. Esta notable reactivación no fue producto del azar, sino de la convergencia de factores estructurales y una coyuntura política más estable.

La normalización del suministro eléctrico, vital tras las sequías históricas del año 2024, actuó como el principal lubricante para la maquinaria industrial y comercial. Paralelamente, el consumo de los hogares se vio vigorizado por una inyección récord de remesas que superó los USD 6.000 millones, sumado a una política de crédito al consumo que recuperó su vigor. En el sector externo, el banano, el cacao y el camarón demostraron una resiliencia envidiable, actuando como un escudo protector frente a la siempre errática cotización del petróleo. En la esfera política, la reelección de Daniel Noboa otorgó el oxígeno necesario para avanzar en una agenda fiscal que, aunque impopular, resultó decisiva. La implementación del IVA al 15% y la reforma a los subsidios de combustibles permitieron alinear las cuentas públicas, un gesto que el Fondo Monetario Internacional (FMI) respaldó con un programa de financiamiento de USD 4.000 millones. Gracias a este apoyo, el déficit fiscal descendió a niveles inferiores al 1% del PIB y la deuda pública se estabilizó bajo el umbral del 55%, todo esto en un entorno de inflación envidiable para la región, anclada por la dolarización en un rango del 1,1% al 1,3%. Sin embargo, el optimismo de las cifras macroeconómicas choca frontalmente con realidades sociales que el país aún no logra someter. Con una informalidad laboral que asfixia a más de la mitad de la población activa, una pobreza que afecta a uno de cada cuatro ciudadanos y una crisis de seguridad que impone un «impuesto sombra» a la actividad productiva, el crecimiento parece caminar sobre una cuerda floja. Estos desafíos estructurales son los que, en última instancia, definen el techo del potencial ecuatoriano a largo plazo y condicionan la paz social necesaria para la inversión.

Al observar el horizonte de 2026, las señales sugieren una transición hacia una velocidad más moderada. Se espera que el crecimiento se estabilice entre el 1,8% y el 2,1%, una desaceleración natural tras el impulso del año previo. A este enfriamiento se sumará una inflación que podría rozar el 3,2%, influenciada por el impacto final de la eliminación de los subsidios al diésel. No obstante, el panorama no está exento de oportunidades: la apertura hacia nuevos proyectos mineros y de gas natural, junto con un fortalecimiento de los lazos comerciales con Estados Unidos, ofrecen rutas alternativas para atraer la esquiva inversión extranjera directa. Ecuador se encuentra, por tanto, en una encrucijada determinante. Si bien 2025 fue el año del resurgimiento, 2026 será la prueba de fuego para la madurez de su modelo económico. La capacidad del país para diversificar su matriz productiva, reducir su vulnerabilidad ante shocks climáticos y, sobre todo, para transformar las reformas fiscales en bienestar social inclusivo, determinará si este ciclo de crecimiento es el inicio de una era de prosperidad o simplemente un alivio momentáneo en una historia de volatilidad. La meta es clara: transitar de la recuperación a una resiliencia que no dependa exclusivamente del vaivén de los precios del petróleo. (O)

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