Y se fue, sin más…

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Y allí está, por última vez, frente al reloj biométrico para registrar la salida; pero ésta salida es para siempre del lugar en que trabajó los últimos 18 años. En esos segundos, vio pasar su vida. Se veía joven, lozana, llena de vida y con el espíritu alegre porque consiguió el trabajo soñado, ser maestra; lo del lugar a dónde vaya, era lo de menos.

Enseñar por vocación; trabajar para vivir y progresar, su inspiración. Los tiempos buenos llegaron con su constante empeño para educar en esa aula-casa. Recordaba a los pocos niños de su escuela unidocente. El timbre de salida le volvió a la realidad. Firme y decidida puso el dedo para el registro de la huella dactilar. Al darse vuelta los compañeros le aplaudieron; ya no se pudo contener, gruesas lágrimas rodaron por sus mejillas, sintió doblarse sus rodillas, una maestra la abrazó al tiempo que le felicitaba por su jubilación y le agradecía por los momentos de amistad y compañerismo. Lloró frente a todos: compañeros, padres y estudiantes, sin pena; con esa mescla de alegría y de rabia contenida.

Los profesores se reúnen alrededor, pugnan por abrazarla con palabras de aliento; unos, en son de broma le dicen que ya no va a tener que madrugar; otros, que ya no tendrá que soportar el acoso burocrático de autoridades; ni de los cansinos padres de familia que se quejan de todo y nunca aportan en nada; que ven a la escuela como guardería y no como una responsabilidad cívica y social. De algunos niños que se caracterizan por el irrespeto a todo acto que procure su formación social; con altanería, demuestran ociosidad extrema y un marcado desinterés por aprender; viven sobreprotegidos, alcahueteados por los padres y no muestran vergüenza alguna por su indisciplina. 

Allí está, al fin de una vida laboral. Es tiempo de recordar lugares, escuelas, anécdotas, vivencias buenas y peripecias propias de la profesión que ama y amará con devoción por el resto de su vida. Llegó el día tan esperado para pasar a otra etapa de vida, el merecido descanso, con la paz espiritual y la conciencia tranquila de haber hecho y dado lo mejor que tuvo como maestra al servicio de la educación. Dice con profunda pasión y convicción, que va a extrañar lo que fue razón de existencia; así como de ese último lugar que fue parte de la preocupación como maestra; de su empeño por ser un aporte significativo para el engrandecimiento institucional; o de sus deberes morales y profesionales demostrados frente a autoridades, compañeros y estudiantes; en tantos y cuantos momentos que tiene el trajinar de una docente.

Es tiempo de retirarse, de acogerse, ahora sí, a sus derechos; de recuperar la tranquilidad mental y la decencia de persona. A nadie le debe nada, porque hizo lo que tenía que hacer y en estos doce últimos años, más allá de la obligación como maestra y de la sobrecarga administrativa, en un ambiente sin estímulos laborales, salariales ni sociales, dio lo mejor y nadie agradeció. Se despidió con la mano en alto y un adiós que se nota en sus ojos.      (O)

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