Vivir sin mentiras y en paz / Jaime Guevara Sánchez

Columnistas, Opinión



En las ferias populares que se organizan con motivo de las fiestas tradicionales de provincias y ciudades del país, se instalan puestos de venta de infinidad de artículos. En uno de ellos descubrí un tesoro de libros viejos de autores clásicos imposible de encontrar en librerías.

En otro puesto encontré varios discos “long play” de hace años. Compré algunos. Llamó mucho mi atención el disco del grupo Jarcha cuyo origen desconozco. De una de sus canciones transcribo las siguientes líneas:

/Dicen los viejos que hacemos lo que nos da la gana/

/ Y no es posible que así pueda haber/

 / Gobierno que gobierne nada. /

/ Dicen los viejos que no se nos dé rienda suelta/

/ que todos aquí llevamos/

/ la violencia a flor de piel/

/ Pero yo sólo he visto gente muy obediente hasta en la cama/

/ Gente que tan sólo pide vivir su vida/

/Sin más mentiras y en paz. /

 De los versos de la canción me quedo con un concepto.  El primero que dice: “Gente que tan sólo pide vivir su vida, sin más mentiras y en paz”. Esa es la gran ilusión del pueblo, de todos los pueblos. Hoy, transcurridos tantos años, que gran frustración sienten quienes pusieron la vista en aquel horizonte, para poder vivir cada uno su vida sin más mentiras y en paz.

Me pregunto si en todas las décadas transcurridas sobre los hombros de muchos hombres y mujeres que ahora son viejos, -somos viejos-, de todos los gobiernos que nos han desgobernado, ha habido alguno que no nos haya mentido. Algunos hicieron de la mentira su bastión y razón de ser. Y la mentira, como nos pone de manifiesto la experiencia, solo trae como consecuencia otra más para encubrir la primera, otra posterior para ocultar las anteriores y así sucesivamente.

Es una cadena sin fin que va aprisionando a su autor, haciendo que este se encierren la soledad de sí mismo, desdibujando su imagen y desvaneciendo su credibilidad hasta el extremo que nadie llegué a creer en él y él llegue a no creer en nadie.

La realidad es muy dura, pero precisamente por ello, no podemos caer en la cima del abandono, del pesimismo o la desmoralización. Hemos de luchar con la esperanza de que tras un invierno siempre llegará una primavera. (O)

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