Una política diferente

Columnistas, Opinión

La política ecuatoriana está plagada de confrontaciones innecesarias que evidencian la ausencia de una verdadera formación democrática. Se rehúye del debate ilustrado, aquel donde se exige un conocimiento de causa que sea coherente con las propuestas de trabajo. Por ello, necesitamos una política que supere el espectáculo mediático, los intereses particulares y los afanes partidistas, para enfocarse verdaderamente en el bien común y en los apremiantes problemas sociales del país.

La organización civil Fundación Ciudadanía y Desarrollo recuerda que cualquier intento de renovación política choca con problemas estructurales crónicos como la inseguridad, la violencia, la pobreza y la corrupción. A este panorama se suma la polarización partidista, que crea tensiones, reduce el espacio para terceras alternativas e impide consensos oportunos. Asimismo, influye la indecisión electoral, alimentada por las redes sociales, las encuestas ficticias y un desencanto generalizado hacia la oferta electoral debido a la creciente demagogia. Finalmente, se añade la inseguridad ciudadana ante el temor de que los Grupos de Delincuencia Organizada se inserten en la política para usarla a favor de sus protervos intereses, junto con la creciente corrupción interinstitucional que se infiltra en el proceso electoral, permitiendo que personas prontuariadas sean calificadas como candidatos. 

A pesar de esto, sí es posible otro tipo de política en el Ecuador, aunque implica debates sobre reformas institucionales, la descentralización y el papel de las organizaciones sociales y políticas. Los ciudadanos cuestionan severamente a la clase política porque da muestras de un actuar irresponsable, al hacer prevalecer sus intereses y ambiciones personales —así como de los grupos al que pertenecen— antes que dar respuestas a las necesidades sociales.

Este cambio ocurrirá cuando se dejen atrás los ataques personales para dar paso al intercambio de argumentos y a la aceptación de visiones distintas frente a problemas urgentes como la pobreza, la inseguridad o la infraestructura deteriorada. Para lograrlo, se debe priorizar la participación y un pluralismo que cuestione y exija resultados del uso de sus impuestos, evitando caer en la apatía o en la idealización ciega de candidatos. 

El Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica (CELAG) argumenta que se debe superar la tendencia histórica de «refundar» el país con cada cambio de gobierno, así como la costumbre de los organismos seccionales de vivir anclados a un eslogan de fin efímero que no es sentido ni socializado por la población; sobre todo porque las obras y acciones suelen decir algo muy distinto a su rótulo propagandístico.

La crisis de los partidos tradicionales y el desencanto por los movimientos políticos causan desidia hacia estas estructuras. Este escepticismo ciudadano señala que, más allá de los clichés de “experiencia probada”, “gente nueva” o «pueblo al poder», el verdadero cambio requiere resultados reales en obras, economía, empleo, combate frontal a la corrupción y la superación de los falsos liderazgos que pretenden ordenar la nación, ya sea desde afuera o dentro del país.

El Ecuador requiere de una nueva forma de hacer política, así como también de una clase política responsable y seria. Por esta razón, es imprescindible que los electores elijamos con consciencia y responsabilidad a nuestras autoridades seccionales en este próximo 29 de noviembre.

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