Una estampa de Cevallos

¿Se acuerda que ir a Cevallos era divertido? Es que la Estación del Tren le hacía un pueblo alegre, lleno de caballos con sus buenos galápagos, ensillados con alfombras de Guano, mostrando sobre las amplias ancas los diseños de flores o los geometrismos ancestrales, como cuando las cholas mostraban sus debajeros y sus enaguas bordadas sobre sus robustas y provocadoras nalgas.
Era de ver a los caballos y a las yeguas de largas y coloridas crines bien desenredadas. Y esos rabos bien peinados de las yeguas, recogidos en cola de caballo, espantando las moscas como lo hacían las damas que abanicaban su coquetería. Y sobre ellas los obesos señores de hacienda, los que bajaban de Quero, Mocha y Tisaleo, los de chaleco y de sombrero a la pedrada, de enredados bigotes y de aristocrática barba, que montaban luciendo no solo las tarabas, sino los estribos de cuero repujados y adornados de rosetas con tachuelas plateadas y doradas. Era de reconocerlos, según los aperos, a importantes paisanos viajados por la Costa, negociantes que tenían bodegas en Guayaquil; sobre todo los que mandaban el ganado de desposte, por vagones.
Estar en Cevallos el miércoles tarde y el jueves todo el día de feria, era meterse en otro mundo diferente a la experiencia del distraído descanso dominguero. Pasear por entre casas de teja y de bahareque y de dos pisos, con balcones coqueados; casas que en la planta baja eran tiendas de hueveras y queseras que empacaban la carga para el mixto o el tren de carga. Caminar entre olores de frutas de la Costa y de la Sierra, las piñas compitiendo sus caras de rompecabezas con las manzanas con que Eva tentaba a los Cupidos; ir oliendo los mangos de pezones repletos que competían con los duraznos de afelpadas tetillas varoniles; caminar entre las guayabas del escándalo perfumado juntadas con las claudias de corazones matrimoniados; las peras de femeninas nalgas con los mameyes y los zapotes que después de chupados mostraban sus pepas testiculares; la “fruta”, como se conocía a los guineos; buscada para comer con pan; las papayas de dulces vientres y las sandías de carnes ensangrentadas. Esto era una maravilla. ¿Qué más se podía pedir?
Mirar ese revuelo de chalinas y pañolones de todos los colores de las campesinas descalzas la mayoría, pero de pies lavados y empolvados, armadas de canastos de carrizo ejecutando ventas y reventas, era la mejor distracción de la comarca. Así, el pueblo era una risa, un festejo que desafiaba a la pobreza.
Y el tren o el autoferro se ponían a descansar comprendiendo que para eso eran los durmientes. Y la gente contando los más de diez vagones de carga; mirando en el mixto, la mitad de rojos vagones con ventanillas y cortinas; la otra mitad de enlatonadas cárceles para esconder negocios. Y la gente escudriñando los lujosos vagones de pasajeros exóticos que mostraban en vivo sus caras pulidas sacadas de los figurines de sastres y modistas; otros de rubias barbas como pelo de choclo.
Gringos de paja con sombreros de Montecristi que tomaban fotos a los burros serranos, aparejados, desprevenidos e indiferentes, sacados de las lecturas tristes de César Vallejo. Gringas como muñecas crecidas en un solo viaje, que fotografiaban a los niños boquiabiertos y elevados, y a todos los curiosos que se ponían a escudriñar a los ferroviarios de gorras militares, de overoles que les hacían parecer niños repentinamente envejecidos por la fuerza de los viajes, o que se les habían nacido los bigotes como rumi barbas por tanta cerveza de sus viaje a la Costa. (O)
