Terremoto (5 de agosto de 1949): Labor de rescate – Parte III / Jéssica Torres Lescano

Columnistas, Opinión

Alisa María de Lourdes Sánchez Luna sufrió la experiencia del terremoto de 1949 en la Hacienda San Francisco ubicada entre Plazuela, los Andes y Galpón; entre varias de las imágenes que aún se mantienen en su memoria sobre el fenómeno natural recuerda unos aviones que sobrevolaban Píllaro. Nos dice: “al tercer día pasa una avioneta y lanza un bulto, pero se cayó en otra parte, nunca cayó en la hacienda, donde tenía que caer” (sobreviviente del terremoto, en conversación con la autora, 05 de junio de 2021).

El relato fue el impulso para volver a revisar la prensa (El Comercio) mirando detalles que suelen pasar desapercibidos. Para nuestra sorpresa nos encontramos con abundante información sobre las estrategias empleadas en las labores de rescate. De manera que, en la tercera entrega sobre el terremoto del 5 de agosto de 1949 exploramos las alternativas de socorro a la población que vivía en sitios que, como consecuencia de las grandes grietas en las carreteras, puentes destruidos y deslaves, quedaron incomunicadas. Nos preguntamos sobre las formas de salvataje y cooperación llenas de creatividad que son desplegadas en momentos de crisis para ofrecer calma y socorro.

Como se pudo leer en el testimonio, las formas creativas de salvataje eran una especie de prueba y error. Algunos mecanismos como los paracaídas con cobijas, medicina y comida para los refugiados no siempre llegaban a su destino. La entidad encargada era la Fuerza Aérea Ecuatoriana FAE “cumpliendo su cometido o de abastecer con víveres y medicinas a la población de Patate que quedó sin comunicaciones por el sismo (“Ninguna población fue tan tremendamente destruida por el terremoto que la de Pelileo”, El Comercio, 21 de agosto de 1949). Así como los paracaídas, otra manera innovadora diseñada por la población local fue la improvisación de tarabitas:

Hace algunos días fue colocada una tarabita para pasar a Patate, que está a considerable distancia de Pelileo, con la particular circunstancia de que prácticamente no hay carretera. Un valeroso ciudadano, el primero en intentar el paso por la tarabita, cuando se hallaba suspendido en el abismo, fue a dar en el fondo de él, pues los cables, no resistieron. Ante la dolorosa experiencia, nuevos cables, más fuertes, fueron instalados…. [Los heridos] son llevados de Patate a la tarabita por senderos peligrosos y luego a El Tambo, y Ambato, para ser llevados a Quito (“Ninguna población fue tan tremendamente destruida por el terremoto que la de Pelileo”, El Comercio, 21 de agosto de 1949).

Del testimonio y de las fuentes escritas podemos extraer algunas conclusiones que merecen ser exploradas con detenimiento. Una de ellas, es la presencia de una cultura de rescate de una entidad como FAE que coexiste con el salvamento improvisado impulsado por la comunidad en medio de una crisis. Finalmente, el terremoto de 1949 como objeto de estudio, puede ser abordado desde varias entradas que siempre nos llevará a reflexiones novedosas. (O)

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