Soberanía biológica III

Columnistas, Opinión

En semanas anteriores entramos en la cámara acorazada de nuestra biología iniciando con nuestro cerebro con su gran consumo del 20% de la glucosa y oxígeno total de nuestro organismo, aunque solo sea el 2% de nuestro peso corporal (1.5 Kg.). Es una máquina voraz que exige combustible de alta calidad, pero sobre todo exige limpieza. Que tiene la capacidad del para cambiar, adaptarse y reorganizarse mediante la formación de nuevas conexiones entre las neuronas (sinapsis) en respuesta al aprendizaje, a las experiencias o a una lesión, a esto se llama neuroplasticidad pero que depende si le ejercitamos y le fortalecemos de otro modo, con la comodidad, se va atrofiando. Hoy sabemos que es más parecido a una red líquida que fluye y se transforma, es el superpoder más grande que poseemos. Mientras leemos este escrito nuestras neuronas están estirando sus dendritas como ramas de árboles buscando nuevos contactos, creando circuitos que hace minutos ni siquiera existían. Es como una central térmica que nunca se apaga. No hay director ni centro de mando, con 86.000 millones de neuronas hay redes dinámicas activándose y desactivándose cada milisegundo, compitiendo, cooperando, reaccionando al mundo interno y externo. Hay que destruir el mito más persistente, el famoso “solo usamos el 10%”. Lo usamos entero, no todo a la vez, pero si en diferentes momentos, tareas y la mayor parte de nuestra vida cerebral no es consciente. Está solamente esperando que tomemos el mando de la “consola de control” y si aprendemos sabremos exactamente dónde están los botones. Estamos exactamente en el santuario, en el procesador central que coordina cada latido, cada paso, cada pensamiento, cada emoción, cada sentimiento, cada actitud, cada conducta. Pero aquí aclaremos un gran conocimiento. Nuestro cerebro no está diseñado para hacernos felices, está diseñado para que sobrevivamos. Y en el mundo moderno, esa programación de supervivencia está entrando en conflicto con nuestra realidad cotidiana. El cerebro humano no ha cambiado significativamente en los últimos 50,000 años. Seguimos operando con un “hardware” de la edad de piedra en un mundo de fibra óptica y gratificación instantánea. Este desfase es lo que se llama desajuste evolutivo y es la causa de que a pesar de tenerlo todo, nos sintamos más estresados y agotados que nunca.

Podrían pasar décadas y verterse ríos de tinta desgranando lo que hace nuestro cerebro, pero la intención es conocer lo más fascinantemente útil y que es la comunicación electromagnética sincronizada con el resto de nuestros órganos y sistemas con el fin de evitar destruirlos y más bien potenciarlos modificando nuestros hábitos y modo de vida para así entrar en un estado de flujo, de coherencia y crear un estado de salud óptima que la ciencia llama homeostasis dinámica.

Ante esta modernidad con comodidad extrema, me pregunto: ¿Estamos construyendo una versión de nosotros mismos más fuerte o una que se desmorona bajo el peso y la asfixia del estilo de vida actual? La próxima semana seguiremos rompiendo viejos esquemas como el que “el corazón que es solo una bomba”. (O)

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