Soberanía biológica final

Columnistas, Opinión

Finalicemos ya la secuencia del conocimiento de nuestra asombrosa biología, nuestro electromagnetismo y su relación íntima con el cerebro y todos los rincones de nuestro cuerpo. Una perfección divina, esa intercomunicación universal entre órganos y sistemas con una inteligencia asombrosa en cada una de nuestras células. 

Dentro del río de vida, que es nuestra sangre, tenemos un sistema de seguridad privada que es sencillamente alucinante, nuestros glóbulos blancos, verdaderos guerreros con una inteligencia táctica que dejaría en ridículo a cualquier equipo de élite. Tienen memoria, estrategia y la gran capacidad de distinguir entre lo que somos nosotros y lo que es un invasor. Pero, ¿Qué pasa cuando ese ejército se confunde y empieza a atacarnos (enfermedades autoinmunes)? Aprendamos cómo la microbiota de nuestro intestino es la que realmente entrena estos soldados. Si nuestro intestino está en guerra, nuestro sistema inmune estará en caos. Es una conexión directa entre lo que comemos y cómo nuestro cuerpo se defiende de los agresores e incluso de una célula tumoral. Lo que fluye en nuestro cuerpo es el espejo de nuestro estilo de vida. 

Tenemos un sistema linfático y los vasos linfáticos que parecen ser el secreto mejor guardado para una longevidad extrema, es nuestro servicio de inteligencia y el equipo de limpieza de élite que trabaja en las sombras. Es fascinante porque a diferencia del sistema cardiovascular, la linfa no tiene una bomba como el corazón para moverse. Se mueve gracias a nuestra respiración, a su propia contracción y a la contracción de nuestros músculos. Imaginémonos un sistema de alcantarillado ultra sofisticado que filtra cada gota de líquido de nuestro cuerpo para asegurar que ninguna toxina, ninguna bacteria y ninguna célula defectuosa permanezca en nuestro sistema. Si este sistema se estanca, nuestro cuerpo se convierte en un “pantano” y ahí es donde empiezan las enfermedades.

Tenemos más linfa que sangre en nuestro cuerpo y, mientras dormimos, en la fase profunda, ocurre algo increíble en nuestro cerebro con el llamado el sistema glinfático. Es como si al apagar las luces nuestro cerebro abriera las compuertas y dejara que un flujo de líquido barriera literalmente los desechos proteicos que se acumulan durante el día. Si no dormimos bien, nuestro cerebro no se limpia. Es así de simple y de pavoroso.

En oriente se resume la buena salud como las cuatro patas de una silla, sin una de ellas no es posible sentarse. Esas patas son el ejercicio intenso innegociablemente diario, alimentación sana, un sueño reparador y una buena gestión emocional. En occidente carecemos de todas las patas, vivimos sentados en la nada, víctimas de nuestro desconocimiento y los malos hábitos adquiridos. En otro editorial ya dijimos que al ejercicio lo vemos como una amenaza, como un sacrificio indeseable, al sueño lo tenemos siempre perturbado, rumeando pensamientos del ayer y del mañana. Y, como si fuera poco, tenemos una pésima gestión emocional debido a que nadie nos ha enseñado y más bien se nos ha fomentado un verdadero “analfabetismo emocional”. Prefieren enseñarnos el área del paralelogramo a saber cómo levantarnos de una “caída emocional” Con la perennización de la ignorancia es fácil perennizar la pobreza. Gastamos mucho dinero gradual y continuamente en la búsqueda de la salud. Pero la salud no existe de venta. (O)

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