Si no siento, me enfermo

Muchas personas han escuchado la frase “todo está en tu cabeza”, cuando hablan de un malestar físico sin causa médica clara. Sin embargo, la realidad es mucho más compleja.
La somatización ocurre cuando emociones que no se reconocen o no se expresan terminan manifestándose en el cuerpo. No es imaginación. El dolor es real, aunque su origen sea emocional.
El cuerpo y la mente no funcionan por separado. Cuando una persona vive estrés constante, tristeza acumulada, enojo reprimido o miedo prolongado, el sistema nervioso se mantiene en alerta. Esto puede generar síntomas como dolor de cabeza, problemas gástricos, fatiga, caída de cabello, reacciones de enfriamiento extremo del cuerpo, contracturas musculares o incluso alteraciones en la piel como descamación, sarpullido, ardor. Médicamente no siempre aparece una causa orgánica clara, pero el cuerpo está respondiendo a una carga emocional que no ha sido procesada.
La somatización no significa que alguien esté fingiendo.
Sentir malestar psicológico, tampoco implica debilidad. Muchas veces se trata de personas que han aprendido, desde pequeñas, a callar lo que sienten. Frases como “no llores”, “no exageres” o “aguántate” enseñan a desconectarse de las emociones. El problema es que lo que no se expresa, se acumula. Y lo acumulado busca una vía de salida.
Por ejemplo, alguien que no reconoce su enojo, puede desarrollar tensión constante en el cuello. Una persona que evita hablar de su tristeza, puede presentar dolores frecuentes de estómago. Un adolescente que no sabe cómo manejar la presión académica, puede experimentar migrañas repetitivas, etc. El cuerpo termina hablando lo que la persona no logra poner en palabras.
Entender esto no significa descartar evaluaciones médicas. Siempre es necesario revisar primero la salud física. Pero cuando los exámenes salen normales y el malestar continúa, vale la pena preguntarse: ¿qué estoy sintiendo que no estoy atendiendo?
Aprender a identificar emociones es una forma de prevención.
Nombrar lo que se siente, reduce la intensidad interna. Hablar con alguien de confianza, escribir, practicar técnicas de respiración o acudir a psicoterapia ayuda a procesar lo que se ha guardado por mucho tiempo.
Sentir no nos enferma. Lo que puede enfermarnos es reprimir de forma constante lo que sentimos. Escuchar el cuerpo no es dramatizar; es reconocer que mente y organismo trabajan juntos. Cuando damos espacio a nuestras emociones, disminuye la necesidad de que el cuerpo grite lo que nosotros callamos. (O)
