Sectas del espectáculo. 2026

Columnistas, Opinión

Me atrevo a ampliar mi perspectiva a la lectura de este capítulo de “Sociedades espectaculares y sociedades del espectáculo” de Augusto Boal (La estética del oprimido, 2016, p. 173). Partamos del criterio de territorialidad de los animales. Ellos ejercen su poder marcando territorios con señales que se perciben por los sentidos. Los perros y los lobos van orinando por donde pasan controlando lo que va a ser su espacio de dominio, cuando bien pueden orinarse en un solo tronco. Lo saben quienes reconocen su determinado olor; los gallos cantan con mensajes auditivos para determinar su poder en la comarca: “Los animales privatizan el espacio, y el espacio privatizado es excluyente”. Cuando se invade “mi jardín, mi terreno, mi latifundio, o se ataca a “mis aliados”, devienen los enfrentamientos beligerantes. 

Ejemplifiquemos en el ser humano. Existen organizaciones  que han marcado espacios de dominio mediante todas las afinidades gregarias, valiéndose de vínculos simbólicos: sociedades de artistas plásticos, grupos sinfónicos, miembros de sociedades de escritores, amigos de las genealogías, miembros de casas de la cultura, de las academias de la lengua, colegios de ingenieros, de odontólogos, de médicos; miembros de sociedades de beneficencia, clubes deportivos, colegios de periodistas; agrupaciones universitarias, miembros de partidos políticos, etc, etc, todos marcan territorios de “privilegiados” donde se nombran a reyezuelos para que ejerzan el poder.

¿Qué hacen estos grupos? Pues promueven espectáculos y así se promociona el poder. Este es el mundo en que vivimos. Todo acto dentro de su agrupación no es sino una demostración de lo que hacen “teatralmente”: una sesión solemne, un coloquio, una mesa redonda, una rendición de cuentas, etc. ¿Cómo se maneja la verdad en estos actos?  Hay que tener membresías para que a uno le tomen en cuenta es estos círculos herméticos, unos más y otros menos exigentes como las academias, por ejemplo, que son absolutamente selectivas hasta ideológicamente. Entonces, si su accionar se promociona mediante la teatralidad del espectáculo, se convierten en referentes espectaculares con que “impresionan” a los excluidos.

“Una de las principales funciones del arte y de los poderes del arte, es revelar, volver ostensibles y conscientes esos rituales teatrales cotidianos” que no son sino “potentes formas de dominación” que se imponen porque son gremios del espectáculo que se exhiben hasta en sus mediocridades, amparados por los marcos escénicos y la complicidad de los reyezuelos. Lo triste, según Boal es que “El espectáculo está creado por los propios espectadores…Los rituales del poder se envuelven con himnos patrióticos o cantos fúnebres, valses vieneses o marchas militares. Todas las ceremonias son espectáculos de luz, sonido y sombra: son estéticas” (p. 177).

¿Qué hace el espectador frente a esto? Si no cuestiona y critica, puede resignarse a actuar como un impotente que tiene “la envidia domesticada”. Por lo menos hemos de “actuar” con la mente despejada. (O)

Deja una respuesta