Se buscan imbéciles / Pedro Reino Garcés

Columnistas, Opinión

Esta tarea, como comprenderán, es más delicada, porque se trata de diferenciarnos del otro  que supuestamente obra con la sinrazón. Paradojas y ejemplos los tenemos a diario. Podemos decir que la sensatez se ha contaminado hasta el punto de volvernos al regresionismo histórico de los conceptos coloniales. Ahora es cuestión de poner un radar camuflado y, desde la perspectiva del poder ( con respaldo tecnológico) manipular un rastreo de “ingenuos”  vistos como imbéciles. Pero el problema es que los que se creen cuerdos, apoyados por esa teoría que en la antigüedad se llamaba la “insania”, determinan que los dueños del radar son quienes se creen listos, apoyados en los sofismas de la descomposición social que ha reglamentado la trampa y las falsas argucias. Vivimos con las enfermedades de nuestra alma colectiva,  y  por eso salen a cazar ingenuos que son o somos atrapados en sus redes tejidas con inculpaciones cruzadas. El GAD no ha dado autorización, pero es quien acosa y pone las notificaciones. ¿A quién creerle?. Y así, actúan los saqueadores modernos, escondidos en el anonimato legal que parece un mal chiste, que hicieron escribir al propio Cicerón: “Los edificios están a punto de desmoronarse, y se están yendo no solo los inquilinos, sino las ratas”.

En el derecho romano se tipificaba dos categorías de sujetos “que se oponen a lo razonable… la tontería y el furor”, según una ley de las XII Tablas. Los tontos no alcanzan al sabio, es lo que uno debe creer, cuando el gobierno no es de pícaros en contubernio; pero cuando llegan al poder y lo manipulan, “pueden llegar a trastornar el espíritu del filósofo”. Entonces, sí que hay que ponerse a pensar en serio, sobre la vida en nuestras aldeas. Los imbéciles se han puesto a  elegir a otros de los mismos para que les gobiernen, Y no nos queda sino someternos a los mejores de ellos.

“Apartarse de la razón, sin saberlo, porque se está privado  de ideas, es ser imbécil; apartarse de la razón, sabiéndolo, porque se es esclavo de una pasión violenta, es ser débil; pero apartarse con confianza y con la firme persuasión de que se la sigue, es ello, me parece, lo que se llama estar loco” (Enciclopedia de la Locura). ¿Se han mejorado en las ideas del atraco? Lo saben quienes “roban bien”.  Claro, ahora se emplea la tecnología en lugar de salir a buscar la oscuridad, encapucharse, buscar esos sitios abandonados donde los gritos de auxilio no funcionan, y otras instancias que empleaban ladrones primitivos llamados salteadores de caminos. La justificación es precautelatoria. Esto quiere decir que no están privados de ideas, porque el concepto de “idea” era diferente en pueblos sanos,  debido a que se contextualizaba en un trajinar por los senderos de la moral y de la ética; pero en sociedades enfermas hasta la podredumbre,  las moscas y el engusanaje van demostrando que tienen mucha “iniciativa” para contribuir con la carroña a la que han reducido a los residuos de gente sana.

¿Hay posibilidad de defensa? ¿vale la pena el argumento de una crisis sanitaria, de una creciente subida en los combustibles, de falta de trabajo, de que la multa económica es exagerada, de que no hay para pagar abogado defensor, de que no hay argumento ante la máquina, a pesar de la oferta de “descargo”; etc. Pero la propaganda es que somos resilientes, trabajadores hasta la esclavitud, buenos contribuyentes, querendones de la tierra esquilmadora,  etc.

También, entonces conviene aplicar a las sociedades esta reflexión de que “hay enfermedades por defecto, y otras por privación”. Nuestra sociedad enferma necesita medicina moral que debe buscarse en las minorías, sobre todo con reserva de ética en los propósitos de la política pública. Muy larga es la lista de sucesos electoreros en que hemos tenido que escoger entre el  defecto y la privación. En la Edad Media (en la que nosotros vivimos) todo esto y mucho más era visto como “artificios del demonio”.  Y como el diablo es el más codicioso y se hace el imbécil. ¿Qué es lo que nos espera? (Con sustento entrecomillado de Foucault: Historia de la Locura). (O)

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