Robo de 60 obras de la biblioteca. 1790

Arranquemos esta anecdótica perla de la historia, sabedores que el Dr Manuel Rodríguez de Quiroga, el asesinado por los del cuartel Real de Lima en Quito, un 2 de agosto de 1810, fue uno de los faros que alumbró el “Quito, Luz de América”, desde su condición de abogado con su avidez de lector de los libros que estaban, actualizadamente, removiendo el pensamiento europeo.
“Nacido en la ciudad de La Plata, Chuquisaca, hoy Sucre, capital de Bolivia en el año 1771. Desde muy niño vino a Quito con su padre, que era Fiscal de la Real Audiencia, y pariente y corresponsal de gente muy ilustre de España.” (Wikipedia). El investigador alemán Keeding nos avisa que su padre murió en 1788 y nos habla además de intelectuales bibliófilos, entre otros destacados y escasos, -igual que ahora- de Miguel de Jijón y León, de José Mejía Lequerica, de Eugenio Espejo y del obispo José Pérez de Calama, que hacía leer a sus curas las “obras mundanas” prohibidas por la misma iglesia y por los monarquistas españoles. Otros tenedores de obras ilustradas a partir de 1787 fueron Ascázubi, Cuero y Caicedo, Bernardo Darquea en Ambato.
En Eugenio Espejo se resume el pensamiento de la época. Subió el autoestima de los criollos quiteños con estas expresiones brotadas de su intelecto: “en 1779 declaró, haciendo referencia al francés “que los literatos…los vuelven de una misma patria la profesión de las letras”. El quiteño se consideraba hombre de letras y, en consecuencia, ciudadano de una provincia absolutamente libre”. “El país de las letras es un país libre, donde todo el mundo presume tener derecho de ciudadano” (Espejo).
El obispo intelectual que llegó a Quito, Pérez de Calama, halló terreno fértil y “en 1789 hizo trasportar su voluminosa biblioteca en 66 cajas hacia Quito (desde España)” y, además renovó los programas de estudio en la universidad, entrando en contradicción con los religiosos dominicos que tuvieron que soportarlo.
En medio de estas contradicciones, relacionamos el siguiente suceso: “En abril de 1790, Quiroga fue expulsado del colegio de San Luis (Quito), al descubrirse un hurto de libros de 60 obras de la biblioteca del Instituto, llevado a cabo por él. Entre otros se trató de autores como Feijóo, Corsini, Van Espen, Vinnen, Freiesleben, Esteynefer, Eachard, Musschenbroek y Boerhaave. (investigdo en AN en Quito, Presidencia). En aquella época, Quiroga ya era conocido en Quito, como apasionado lector” sobre “La Ilustración en la Audiencia de Quito, escrito por Ekkehart Keeding (Berlín 1940), p. 296.
El investigador Keeding no ofrece más datos, porque seguramente no halló expedientes, pero en cambio nos sirve lo dicho para conjeturar el apasionamiento de Rodríguez de Quiroga por los libros y saber que los libros estaban descuidados por parte de sus custodios. Bien pudo haber un soborno de por medio.
“La biblioteca del jurista Dr Manuel Rodríguez de Quiroga, cuyas temáticas prioritarias eran las bellas artes y la jurisprudencia”. Además de las matemáticas.
“Su biblioteca comprendía en 1810, 137 obras en 524 volúmenes.” Destaquemos: un tratado del italiano Beccaria (Tratado dei delitti e delle pene, Mónaco 1764, prohibido en 1777; La scienza della legislatione, del autor Filangieri, 1784, prohibida en España en 1784 y nuevamente en 1790, a pesar de ello, en 1791, el obispo Calama publicó su llamado para que se la leyera. Del citado autor Breccaria, Quiroga tenía una traducción del español Pradilla del libro De los delitos y las penas (Madrid 1774), prohibida en 1777” (p. 297)
Quiroga tuvo en su biblioteca moderna el Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres, de Rousseau, y además el Du Contrat social ou príncipes du droit politique (1762) prohibidas en España desde 1756 y 1764 respectivamente (p. 230)
“Es posible que Espejo hubiese tenido acceso la Mérope (1743, Tragedia clásica de Voltaire) y al Diccionario filosófico (1764) de la biblioteca del Dr. Quiroga” (p 236. Las páginas citadas corresponden al libro de Keeding). (O)
