Réquiem para una mujer / Jaime Guevara Sánchez

Columnistas, Opinión

 

 

Acaba de morir una mujer sublime: Elvia María. Escribo su nombre, en esta hora que para ella es de la verdad pura, del cielo reflejado. No sé con cuál nombre le llamarán ahora los seres angélicos que la rodean, o la voz de Dios cuando la emplace para sonreírle con esa sonrisa que el Padre debe tener reservada para los escogidos, o bienaventuranza asignada a un ser único.

Es una muerte que mueve mi corazón a la ternura y el ánimo hacia un profundo sentimiento de orfandad. A ternura y orfandad que movieron mi corazón y mi ánimo cuando el doctor pronunció su mensaje galénico: Elvia María acaba de fallecer. Murió la mujer más soberana, profunda, sincera entera y verdadera de mi existencia.

Elvia María vino al mundo en Píllaro, en su hogar rodeado por un bosque de eucaliptos. Dedicó su vida a la educación de los niños. No aceptó otras posibilidades de trabajo porque allí estaba sus cimientos y el horizonte de su vida. Su voluntad inflexible encontró tiempo valioso dedicado ideales espirituales como la de hacer realidad la construcción de la Iglesia de la Ciudadela El Recreo.

Y algo más, sus sobrinos y sobrinas recibieron de Elvia María mucho amor. Lecciones de formación responsable, de educación, de trabajo, que los han ubicado en ámbitos respetables de empresas públicas y privadas, como es el caso paradigmático de Teresita Angélica.

 

Este largo peregrinaje ejemplar de Elvia María se ha hecho mayor hoy día,

Y el cuerpo dirá al alma que no quiere seguir

Arrastrando el dolor de tu partida por la rosada vía,

por donde la familia casi descontenta de vivir sin la luz de tu vivir,

Sentirás que a tu lado cavamos el barro briosamente.

Que otra vez tu alma dormida llegue a la quietud de tu casa,

Solo espero que yo también, pronto esté cubierto de tierra…,

¡entonces, conversaremos por toda la eternidad! (O)

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