Reflexión y contraste

Columnistas, Opinión

Hay ocasiones en que basta con detener la mirada en los pasillos de las cortes de justicia o en las dependencias de los edificios municipales, provinciales y parroquiales -y, por qué no, en otras tantas instituciones públicas- para experimentar una extraña e indescriptible sensación. Una suerte de desasosiego interior que, sin necesidad de palabras, nos obliga a preguntarnos: ¿Qué hago aquí? ¿A qué vine? ¿Qué me condujo hasta este lugar? ¿En qué momento el propósito que me trajo comenzó a enfrentarse con aquello que mi conciencia considera justo, honesto y digno?

Quizá sea entonces cuando comprendemos que no siempre basta con que una institución lleve el nombre de justicia, servicio o representación ciudadana para que quienes la habitan honren verdaderamente esos principios. Porque los edificios pueden levantarse con piedra, cemento y mármol, pero la legitimidad de las instituciones solo puede sostenerse sobre la honradez, la responsabilidad y la conducta de las personas.

Y cuando esa correspondencia se quiebra, cuando las palabras dejan de guardar relación con los actos y los cargos parecen pesar más que los principios, surge inevitablemente una pregunta que trasciende cualquier despacho o investidura: ¿de qué sirve ocupar un lugar de autoridad si, para permanecer en él, es necesario renunciar a la propia conciencia?

Tal vez, al final, la mayor expresión de dignidad no consista en llegar a determinados lugares, conservar un cargo o conquistar el reconocimiento ajeno, sino en tener la entereza de apartarse cuando permanecer exige traicionar aquello en lo que creemos.

Porque hay lugares de los que uno puede salir con las manos vacías y, aun así, conservar intacta la honra. Y hay otros de los que se puede salir con los bolsillos llenos, el poder intacto y los aplausos de muchos, pero habiendo perdido lo único que verdaderamente nos pertenece: la paz de una conciencia limpia.

Quizá no se han perdido del todo; quizá se han quedado arrinconados en una sociedad que, por momentos, parece confundir la astucia con la inteligencia, la arrogancia con la autoridad, el interés con la amistad y la apariencia con la dignidad.

Pero… ¿Dónde quedaron los valores, la honradez y la mesura? ¿En qué rincón se escondieron el respeto, la sinceridad y la solidaridad? ¿Cuándo comenzó a valer más el beneficio personal que la tranquilidad de una conciencia limpia? Y el buen nombre… ese patrimonio invisible que antes se construía con años de conducta y podía perderse en un instante por una mentira, una traición o una deslealtad.

Tal vez no sea que los valores hayan desaparecido, sino que quienes todavía los practican hacen menos ruido que quienes los pisotean.

Porque la honradez no necesita aplausos, la sinceridad no requiere escenarios y la dignidad no se pregona: se demuestra con los actos, especialmente cuando nadie nos está mirando.

Al final, el verdadero legado de una persona no es lo que acumula, lo que aparenta ni el poder que ostenta, sino la huella que deja en los demás y la paz con la que puede mirarse al espejo.

Porque cuando se pierde el dinero, algo se pierde; cuando se pierde la confianza, mucho se pierde; pero cuando se pierde la honra, el respeto y la palabra, se pierde aquello que ninguna fortuna puede devolver: la calidad humana.

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