¿Qué es la moral?/ Mario Fernando Barona

Columnistas, Opinión



La vida muchas veces no es precisamente lo que uno avizora. Con sus altibajos, ésta va moldeando pareceres, rompiendo paradigmas y dando otro sentido a los conceptos más básicos que creíamos inamovibles y sagrados. La moralidad, la honorabilidad, el buen nombre, la dignidad, son entre otros, esos conceptos que sin darnos cuenta van acomodándose poco a poco a nuevas realidades y valores.

David Jiménez, corresponsal de El Mundo y columnista del New York Times, escribe el libro “Hijos del monzón” en el que retrata historias reales de niños del sudeste asiático a los que conoció durante sus viajes. Una de sus historias dice: “Para aquellas adolescentes no había vergüenza en alquilarse a la hora, sino en regresar con los bolsillos vacíos, en no haber podido pagar la educación de los hermanos pequeños o las medicinas de la abuela enferma.” En otra nos cuenta: “Mientras pasamos los bares de alterne de la calle Cowboy, Masa me cuenta que, a veces, no puede evitar sentir envidia de las jóvenes de las casas de masajes, al menos de las que encuentran un buen jefe que no las explota y no les quita el dinero.

  • Ganan en una hora más dinero que yo todo el día en el taxi -dice.
  • ¿Y la dignidad Masa? -le pregunto.

Me mira como si hubiera hecho la pregunta estúpida que he hecho y dice:

  • ¿Qué hay de digno en pasar catorce horas al día en los atascos de Bangkok o limpiar los retretes de los bares de Cowboy?”

A estas y muchas otras niñas y mujeres asiáticas la vida las ha golpeado tanto y de formas tan despiadadas que el concepto de dignidad se convirtió en referente de sobrevivencia. Hay otros, sin embargo -los políticos corruptos, para variar- que sin mayores avatares en la vida ni más méritos que su elegante locuacidad, desvanecieron por completo cualquier atisbo de moralidad y decencia, por eso jamás se ruborizan cuando se los descubre en sus fechorías, mas bien soliviantados elevan la barbilla, fruncen el ceño y muestran una mueca de desprecio; suelen aparentar decencia, pero son vulgares ladrones. Aquellas, por el contrario, mantienen tan arraigado su sentido de dignidad que se avergüenzan de no poder llevar pan a la casa, por eso, podrán ser putas (obligadas) sí, pero jamás cínicas. Los corruptos mienten desvergonzadamente, ellas no.

Y es que la moral no es la que te enseña una religión, ni la escuela, ni si quiera la que aprendes en tu propia casa, la moral es la que tú eliges darle a tu vida con el sentido de cada uno de tus actos. (O)

mariofernandobarona@gmail.com

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