Por el ojo de la cerradura

Bastante más difícil de lo que solemos suponer resulta pretender seguir los lineamientos y satisfacer todas las apetencias de la gente -incluido el morbo habitual-, especialmente de quienes se creen superiores y, por tanto, entendidos, cuando no sabelotodo.
Presumo que la presión por atender esas expectativas puede tornarse abrumadora y, muchas veces, injusta. Y advierto, ciertamente, que los errores cometidos acarrean reacciones y sanciones; pero no por ello deberían adherirse a la piel del equivocado hasta volverse “carne de su carne”, aun después de la expiación y la enmienda.
Pues, de ser ese el caso, los pecadores no solo deberían declararse muertos en vida, sino incluso “putrefactos” ante los ojos de los “impolutos sabios y dueños de la verdad”, quienes -dicho sea de paso- tampoco están exentos de incurrir en algún desliz, porque, finalmente, no son infalibles.
Entiendo que equivocarse, aunque cuesta y mucho, es parte de la experiencia humana; y que sus consecuencias, aun siendo ineludibles, no deberían definir por completo a quienes las padecen.
Lo anterior no constituye una crítica frontal a la tendencia social de imponer juicios severos sobre quienes fallan, ignorando la posibilidad de redención y crecimiento personal. Intento, desde mis limitaciones, formular un llamado a la empatía y a la comprensión, recordando que todos somos susceptibles de errar y que la verdadera sabiduría quizá consista en aceptar y aprender de nuestros propios errores y de los ajenos.
Se trata, en definitiva, de una alternativa más humana y constructiva. Al fin y al cabo, la capacidad de perdonar y de ayudar a otros a levantarse tras un fallo puede enriquecer nuestras relaciones y fomentar una cultura más solidaria.
Por ello, en tiempos donde los valores suelen fragmentarse o relativizarse, la llamada regla de las tres “H” -humildad, honor y honestidad- se erige como un hilo conductor ético capaz de ordenar la conducta humana en medio de la confusión cotidiana.
Estas tres virtudes actúan como un punto de anclaje: sencillas en su formulación, pero exigentes en su práctica. La humildad es el reconocimiento sereno de la propia condición: saber que se es parte y no centro, tránsito y no destino. Desde ella se aprende, se escucha y se acepta el error como una posibilidad formativa, ya que, sin humildad, todo logro deviene en arrogancia y toda certeza, en dogma.
El honor es la arquitectura interior que sostiene la conducta cuando las circunstancias presionan en sentido contrario. Es el compromiso silencioso de actuar conforme a lo que se considera justo, incluso cuando el costo es alto y el beneficio incierto. Nace de la fidelidad a una escala de valores asumida conscientemente. No se proclama: se ejerce. Allí donde el honor se erosiona, la dignidad comienza a resquebrajarse.
La honestidad completa este trípode moral como su expresión más visible. Ser honesto no es solo decir la verdad, sino vivir sin máscaras, sin dobles discursos ni atajos que traicionen a la conciencia. La honestidad exige valentía, porque la verdad no siempre es cómoda ni rentable; sin embargo, es la única base sólida sobre la que puede construirse la confianza, tanto en el plano personal como en el colectivo.
Estas tres virtudes no operan de manera aislada: se corrigen y fortalecen entre sí. La humildad impide que el honor derive en soberbia moral; el honor evita que la honestidad se vuelva frágil ante la tentación; y la honestidad preserva a ambas de la hipocresía. Juntas conforman una ética del equilibrio, donde el ser y el hacer se reconcilian.
En un escenario donde todo parece negociable, sostener humildad, honor y honestidad es, quizá, uno de los actos más radicales de libertad. (O)
