Misoginia en oriente medio y occidente / Mario Fernando Barona

Columnistas, Opinión

A propósito de la salida del ejército norteamericano de Afganistán hace varias semanas atrás lo cual dio paso a que los Talibanes retomen el poder, el mundo, como cuando escuchamos un chasquido de los dedos, volvió abruptamente su mirada a los abusos y atrocidades cometidas por estos últimos en contra de la mujer. Y ya antes había habido innumerables chasquidos que igual llamaron la atención del mundo, pero nunca pasó de eso, un sonido que rompe la monotonía y una mirada conmiserativa.

¿Qué se debe hacer para que el mundo reaccione contra la misoginia? Quizá, digo, usar ya no el dócil chasquido sino un certero puñetazo. El caso es que el mundo sí genera infinidad de puñetazos de alarma misógina, por lo que no es sólo del Medio Oriente de donde provienen estas salvajadas, ocurre que de occidente no se los escucha porque el golpe seco se pierde en medio de cuatro paredes. Si lo analiza con detenimiento y sin prejuicios, acá los niveles de machismo son tremendamente alarmantes y por tanto los abusos hacia la mujer no difieren en mucho con los de allá. Y créame, no exagero.

La diferencia básica es que allá el someter a la mujer, ultrajarla, violentar sus derechos elementales, abusar de ella en todos los sentidos, humillarla al extremo y hasta matarla es legal, por tanto, es una práctica abierta y generalizada que cuenta con la aprobación del islam y -penosamente hay que decirlo- de muchas de sus víctimas. Acá en cambio, al ser ilegal, además de socialmente aberrante, no será una práctica pública ciertamente, pero definitivamente se hace lo mismo de forma encubierta y solapada.

Evidentemente no veremos morir lapidada a una mujer en medio de la Plaza Grande en Quito, aunque, usted lo sabe, aquí y ahora no son pocas las que mueren de forma atroz a manos de sus parejas; o, tampoco veremos mujeres obligadas a usar burka al salir a un mall, aunque hay muchas otras brutalmente hostigadas por el pecado de sentirse guapas. Es que, si bien es cierto, acá no será el demoledor torrente que aplasta y elimina de un solo tajo cualquier vestigio de dignidad en la mujer como ocurre en Afganistán, en cambio las incesantes gotas de micromachismos que lanzamos a diario inundan todo alrededor convirtiéndose en dardos que a la postre terminan por romper el cántaro y -óigalo bien- con el mismo efecto devastador.

No colaborar con los quehaceres domésticos, ser quien decide y manda en la casa, o una simple mirada amenazante, entre muchos otros, son micromachismos que deberían ser analizados en pareja. Ese sutil y encubierto maltrato hace a la corta o a la larga tanto daño sicológico y emocional como el que sufre una mujer de oriente. (O)

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