Mirarse antes de señalar

Columnistas, Opinión


«¿Por qué miras la paja que hay en el ojo de tu hermano y no adviertes la viga que está en el tuyo?… Saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás con claridad para sacar la paja del ojo de tu hermano» (Mt 7, 3-5).

Hay enseñanzas que trascienden porque describen la condición humana. Jesús no prohíbe señalar el error ajeno; exige hacerlo con autoridad moral. Antes de denunciar la falta del otro, invita a examinar la propia. Ese principio, tan antiguo como vigente, debería orientar la política.

Existe una diferencia importante entre dictadura y autocracia. La primera elimina las elecciones, persigue a la oposición y concentra el poder sin disimulos. La autocracia, en cambio, conserva las instituciones, pero tiende a subordinarlas al poder de quien gobierna.

Daniel Ortega ya no se preocupa por guardar las apariencias. Al anunciar que en Nicaragua no volverá a haber elecciones, dejó claro que la voluntad ciudadana ya no es el fundamento del sistema político. Eso es dictadura, con todas sus letras.

Ecuador no vive esa realidad y sería irresponsable afirmar lo contrario. Sin embargo, algunas decisiones recientes han alimentado un debate legítimo sobre la autocracia. La suspensión de la Revolución Ciudadana y, posteriormente, del movimiento Amigo obliga a las autoridades a demostrar que sus resoluciones responden al cumplimiento de la ley y no a intereses particulares. En democracia no basta con ser imparcial; también hay que inspirar confianza en esa imparcialidad.

El Evangelio y el espejo de Nicaragua interpelan a quienes hoy denuncian un supuesto atentado contra la democracia. Basta recordar cuando el expresidente Rafael Correa afirmó que no era únicamente presidente del Ejecutivo, sino de todo el Estado, una expresión incompatible con el principio de separación e independencia entre las funciones públicas. Resulta igualmente llamativo que la dirigencia actual del correísmo evite calificar al régimen de Ortega como una dictadura.

La democracia exige coherencia. Quien ayer justificó la concentración del poder pierde autoridad moral para denunciarla hoy. Pero quien gobierna hoy tampoco puede utilizar los excesos del pasado para legitimar decisiones que generan dudas sobre la imparcialidad institucional. La democracia rara vez muere de un día para otro; suele deteriorarse lentamente cuando los principios se subordinan a las conveniencias. Hay autoridad para señalar la paja en el ojo ajeno cuando se tiene el valor de reconocer la viga en el propio. (O)

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