Miedo

Tengo fobia a las arañas (la sola palabra me provoca espanto); tengo fobia a las alturas (un vértigo desproporcionado se apodera de mí en los lugares altos que hace que me mantenga alejado de los bordes y que ruegue porque el resto de personas alrededor también lo esté); y, tengo fobia a algunos sonidos en particular, como los pitos de los camiones repartidores de gas, el escape de las motocicletas o el grito hiperagudo de los niños (siento, a parte de un dolor punzante -que no es dolor propiamente-, una vulneración a mi espacio que me obliga a taparme inmediatamente los oídos).
Todas estas fobias son miedos extremos, sí, pero no es a este tipo de miedo al que hoy quiero referirme, sino, a un concepto mucho más vasto, que engloba, además, cualquier emoción o sentimiento opuesto a la felicidad, la bondad, la paz y el bienestar en general. Me refiero al miedo como antónimo del amor, que, contrario a lo que la mayoría podrá imaginar, no es el odio.
Encontramos este miedo, nunca mejor descrito, en la obra literaria del mismo nombre de Stefan Zweig en la que relata el aterrador sufrimiento que experimenta Irene Wagner, una mujer casada, con hijos y de la burguesía vienesa de principios del siglo XX al verse descubierta en adulterio.
El miedo que siente Irene es, primero, el del riesgo pavoroso a que cualquier conocido la vea salir de la casa de su amante; luego, una vez desenmascarado su amorío (lo cual ocurre en la primera página), que ese miedo se intensifique a niveles insospechados por el creciente temor a que su esposo se entere, a perder su matrimonio y a que la sociedad la juzgue. Veremos que en este caso intervienen como elementos sustanciales del miedo la culpa, la vergüenza, la ira consigo misma, el remordimiento, la angustia, la desesperación, el juicio, entre otros.
Irene vive -si acaso lo hace-, un incesante tormento psicológico que hace que el miedo genere más miedo. Empieza a fabricar futuros posibles y cada alternativa imaginada la experimenta emocionalmente como si fuera una amenaza real; y claro, sufre lo indecible.
Como dice el esposo de Irene en el libro: “El miedo es peor que el castigo, porque éste es algo determinado y, por severo que sea, no se puede comparar con el temor que despierta en nosotros lo incierto, una tensión espantosa que no conoce límite. Al conocer su castigo (se refiere a su hija que cometió una falta por lo que su padre la reprendió), ha sentido un enorme alivio.”
El miedo en cualquiera de sus formas es destructivo y mortal, jamás ofrecerá la más mínima posibilidad de solución. La única manera de superarlo es renunciando a él.
¿Será que Irene logra doblegar su miedo? Le invito a leer Miedo de Stefan Zweig, una obra con un final tan sorprendente para la protagonista como para el lector.
