Los suicidios y el efecto Werther digital

En Ambato, aún no lo entendemos del todo, pero existe un porcentaje alarmantemente muy alto de suicidios. Según el Ministerio de Salud Pública del Ecuador, la ciudad ocupa el segundo lugar a nivel nacional en llamadas por tentativas de suicidio. De manera complementaria, Tungurahua se ubica en el quinto lugar nacional en tasa de suicidios, de acuerdo con datos del ECU 911. Triste y dolorosamente, solo en Ambato durante el año 2024 se registraron 59 suicidios, y en lo que va de 2025 al menos 40 personas se han quitado la vida.
La falta de espacios destinados a las artes, la cultura y la creatividad podría influir de manera directa en las escasas opciones que se ofrecen a la población —especialmente a niños, adolescentes y jóvenes— para emplear su tiempo de forma constructiva. ¿No lo creemos así? Un estudio de la Universidad de Harvard señala que cuando los jóvenes no cuentan con alternativas públicas que los motiven, los contengan o les generen bienestar emocional, las opciones se reducen drásticamente. En ese vacío, el internet y sus “atractivas” redes sociales se convierten en el refugio inmediato que siempre está cerca.
El fenómeno del cybersuicidio no se limita únicamente a los casos en los que las interacciones en línea inducen directamente a una persona a quitarse la vida. También abarca la proliferación descontrolada de contenidos digitales que pueden fomentar la ideación suicida, especialmente en adolescentes y jóvenes que aún se encuentran en un proceso de construcción emocional, ética y social sobre el sentido de la vida.
Para madres, padres y adultos responsables resulta profundamente preocupante la cantidad de información nociva que circula sin filtros en el entorno digital. De manera silenciosa pero persistente, ciertos contenidos en línea pueden fomentar la ideación suicida a través de narrativas que banalizan el dolor, normalizan el sufrimiento extremo o incluso romantizan la muerte. Existen foros, grupos y espacios virtuales donde se comparten experiencias personales de manera irresponsable, generando una atmósfera peligrosa que distorsiona la percepción de la realidad.
Para muchos adolescentes, estos espacios pueden parecer seguros, comprensivos y empáticos. Sentirse escuchados, comprendidos o acompañados en su dolor puede generar un falso sentido de pertenencia. Sin embargo, cuando la tristeza colectiva se convierte en identidad y el sufrimiento en punto de encuentro, el suicidio puede aparecer erróneamente como una salida o una forma de esperanza, lo cual resulta profundamente lamentable.
En ciencias sociales y medicina, el llamado Efecto Werther describe el fenómeno de imitación de conductas suicidas inducidas por la difusión mediática. En la era digital, este efecto se ha intensificado. Cuando un suicidio es ampliamente difundido, comentado o viralizado en plataformas digitales, puede influir de manera directa en personas vulnerables, inspirando la repetición de ese comportamiento.
Callar el problema no lo resuelve, pero abordarlo sin responsabilidad lo agrava. Ambato —y el país entero— necesita con urgencia políticas públicas que prioricen la salud mental, espacios seguros para la expresión artística y cultural, y una alfabetización digital que enseñe a cuidar la vida también en el mundo virtual. Hablar de suicidio exige humanidad, ética y compromiso colectivo, porque cada cifra representa una ausencia irreparable y cada silencio institucional nos acerca peligrosamente a normalizar lo inaceptable.
