Las Mujeres y los Derechos Humanos en el siglo XXI

Columnistas, Opinión

En la conmemoración del Día Internacional de la Mujer, reconocemos la necesidad urgente de alcanzar la igualdad como un derecho humano fundamental frente a las múltiples crisis e injusticias que, a lo largo de la historia de la humanidad, han recaído sobre las mujeres. En este contexto, quiero compartir algunos datos alarmantes sobre los feminicidios en América Latina y en Oriente Medio.

Según datos de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe, en América Latina se registran aproximadamente 12 feminicidios cada día. Desde 2021 se han contabilizado 19.254 casos en la región, lo que posiciona a Latinoamérica como una de las regiones más peligrosas para las mujeres, en gran medida debido a la debilidad institucional y a la inseguridad jurídica que atraviesan muchos de nuestros países.

En Ecuador, la situación también es profundamente preocupante. Según la Fundación ALDEA, al menos una mujer es asesinada cada 21 o 22 horas. El año 2025 se convirtió en el más violento para las mujeres en el país, con 411 feminicidios registrados.

La violencia feminicida en América Latina, y particularmente en Ecuador, constituye una grave crisis de derechos humanos que sigue cobrando vidas en medio de la indiferencia institucional y social.

En Medio Oriente, en países como Irán, la situación presenta otras complejidades. Allí, la obtención de datos oficiales resulta difícil debido a la falta de transparencia estatal y a la clasificación de muchos casos como “asesinatos por honor” o crímenes familiares. Existen incluso registros que documentan hechos estremecedores, como asesinatos perpetrados por hijos contra sus propias madres bajo la lógica de la llamada “deshonra familiar”.

Lo que resulta particularmente inquietante es que, pese a las restricciones de derechos que suelen señalarse en estos contextos, Ecuador registra cifras de feminicidio incluso superiores a las documentadas en Irán: 411 casos frente a aproximadamente 207 registrados en ese país.

Esto nos obliga a formular una pregunta incómoda pero necesaria:
¿acaso Ecuador no se considera una nación donde la libertad de expresión y los derechos humanos deberían garantizar protección real para todas las personas?

Las cifras muestran otra realidad. En nuestro país, la mayoría de feminicidios son cometidos por personas cercanas a las víctimas: parejas, exparejas, familiares o conocidos. Además, muchas de las víctimas son niñas o adolescentes, y más del 50 % de los casos registrados en 2023 estuvieron vinculados al crimen organizado y a bandas de narcotráfico que utilizan a las mujeres como “botín de guerra”.

Dentro de este panorama perturbador y profundamente cruel, también observamos cómo organizaciones que denuncian estos crímenes son silenciadas de diversas maneras, mientras la impunidad continúa siendo la norma en sistemas donde, demasiadas veces, la justicia parece depender de quién puede pagar más dentro de una corte.

La persistencia de la violencia patriarcal no es solo un problema social: es una de las amenazas más graves contra la dignidad humana y contra la posibilidad de construir sociedades verdaderamente justas.

Por ello, la transformación debe comenzar también en los espacios más cotidianos: en la forma en que educamos, en los valores que transmitimos y en las relaciones que construimos. Quizá sea momento de dejar de criar “princesas” destinadas al silencio y empezar a formar mujeres libres, conscientes de su dignidad y de su derecho a alzar la voz frente a injusticias. Y también de dejar de formar “machitos” que entienden el poder como dominación, para educar hombres capaces de comprender que el respeto hacia las mujeres es, en realidad, una condición básica para respetarse a sí mismos y para convivir en igualdad.

Porque mientras una mujer siga siendo asesinada por el simple hecho de ser mujer, la promesa de los derechos humanos seguirá incompleta. Y recordarlo cada 8 de marzo no debería ser solo un acto simbólico, sino una exigencia colectiva de cambio antes de que el silencio y la indiferencia terminen por normalizar lo que jamás debería ser aceptable.

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