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Columnistas, Opinión

El sistema educativo puede hacer algo extraño con la lectura: convertir un placer en una obligación. A muchos nos enseñaron a acercarnos a un libro pensando en el tedioso examen venidero, en los personajes que había que memorizar o en el resumen que debíamos entregar. Después de vivir los años escolares de esta forma, no sorprende que algunos terminen asociando el leer con otra tarea de la que conviene escapar.

A mí me salvó el misterio. Volví a los libros no por un mandato pedagógico, sino por las ganas de descifrar un acertijo en El escarabajo de oro y Los crímenes de la calle Morgue, de Edgar Allan Poe. Tiempo después llegó Crimen y castigo, y ahí algo cambió. Ya no leía solo para conocer el final del libro. Dostoievski me mostró hasta qué punto una persona puede justificar racionalmente sus actos y, aun así, no escapar de la culpa, la conciencia y el autoengaño.

Hoy me inquieta otra cosa. Pasamos buena parte del día leyendo, ya sean mensajes, titulares, comentarios, hilos, publicaciones. Pero leer fragmentos no siempre es lo mismo que permanecer dentro de una idea durante horas. Hay una diferencia entre guardar una frase de Kafka en el teléfono y llegar a esa página en la que el libro empieza a incomodarnos, a contradecirnos o a obligarnos a releer.

Y aquí creo que también debemos ser justos con las redes sociales. Si alguien llega a Dostoievski porque vio una recomendación en TikTok, bienvenido sea. Yo tampoco regresé a la literatura por una clase magistral: regresé por un acertijo de Poe. Una moda puede ser una puerta de entrada. El problema aparece cuando confundimos la puerta con la casa, cuando el libro termina siendo una portada bonita, una frase subrayada o un objeto para la fotografía y nunca llegamos realmente a leerlo.

Quizá por eso me gustan esas primeras cien páginas de las novelas clásicas. No porque exista algo mágico en ese número, sino porque representan un pequeño compromiso. Llegar hasta allí exige dejar de saltar de estímulo en estímulo y concederle a otra voz algo que hoy parece cada vez más difícil de entregar: tiempo.

Leer a los clásicos tampoco nos vuelve automáticamente más cultos ni mejores personas. Y quizá ahí esté parte de su valor. No ofrecen certificados ni respuestas rápidas. A veces incluso nos dejan más incómodos que antes. Kafka puede desorientarnos; Wilde puede burlarse de nuestras certezas; Dostoievski puede obligarnos a reconocer contradicciones que preferiríamos no mirar.

Por eso abrir una novela de trescientas páginas no me parece una huida de la realidad. Al contrario. En una época acostumbrada a respuestas inmediatas, leer despacio es aceptar que algunas preguntas no caben en un video de treinta segundos. Y que pensar por uno mismo, a veces, empieza simplemente pasando a la siguiente página. (O)

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