La sabiduría de los viejos

A la vuelta de la esquina -literalmente-, la vida puede ofrecernos lecciones invaluables, dignas de aprehenderlas, y que, muchas veces, las dejamos pasar sin que hayamos reparado en ellas.
El siguiente es un caso real. En un conjunto residencial viven alrededor de cincuenta familias, cada una de ellas con al menos dos vehículos. Todos los días los conductores de esos vehículos tienen un gran conflicto. Resulta que el ingreso principal al condominio da a una Y, específicamente a una calle de un solo sentido que además está en curva. Si al salir del condominio el conductor quiere ir al sur, no hay problema porque esa única vía va en esa dirección, pero si pretende ir hacia el norte, debe conducir varios kilómetros, circunvalar un redondel y retornar en U por la vía paralela que lo llevará al norte. Este trayecto toma alrededor de diez minutos, tiempo que el conductor habría destinado para recién ubicarse a la altura de la misma entrada al condominio, pero en la calle de al frente.
Unos pocos metros más abajo de la entrada al conjunto hay una pequeña calle (de apenas unos treinta metros) que une las dos vías paralelas (en la Y), y que, en teoría, podrían usarla para evitarse tremenda vuelta, pero también va en sentido contrario. Sin embargo, muchos de los conductores que salen del condominio la usan a diario para evitarse el largo trayecto, con el riesgo inminente de provocar accidentes.
El caso es que, en medio de esta complicada situación, ocurre un hecho aleccionador. Un residente del conjunto, un veterano que rondará los ochenta años, prefiere siempre demorar su trayecto e ir por el camino largo, a diferencia de los más jóvenes que, casi sin excepción, toman el peligroso atajo.
No es que este viejo en particular (y le digo “viejo” con cariño y respeto) no tenga urgencia, ni horarios o citas por cumplir o que los jóvenes sean más avispados que él. Es, simplemente, que a la gente madura los años les enseñó a ser prudentes: ya no le exprimen tiempo a la vida, procuran darle vida al tiempo. Decidir por un trayecto más demorado a fin de evitar accidentes, no solo es prudencia, es sabiduría.
Pero eso no es todo, tal vez, la más importante enseñanza de este viejito en esta historia es que disfruta cada uno de esos diez minutos. Sí, cosa curiosa: va a diario por el camino largo sonriente, optimista y alegre porque sabe que la vida es mejor vivirla con calma y sin prisa. O, quizás es al revés: vive con calma y sin prisa porque sonríe, es optimista y está alegre. Como quiera que sea, este querido abuelo sabe apreciar ese tiempo que para otros sería perdido.
¿Dígame usted si esta lección de vida no es digna de copiarla? (O)
