La gran confusión colectiva y las elecciones seccionales

Columnistas, Opinión

La desconfianza que durante años han sembrado las promesas incumplidas de buena parte de la clase política ha provocado un fenómeno preocupante: una profunda confusión colectiva. Muchas personas no saben por quién votar, desconocen quiénes son todos los candidatos, ignoran cuántas organizaciones políticas participarán en las próximas elecciones seccionales y, en no pocos casos, han perdido el interés por involucrarse en los asuntos públicos.

La frase que con frecuencia se escucha en las calles resume ese sentimiento: «Yo no vivo de los políticos; igual tengo que trabajar todos los días para ganarme el pan.» Detrás de esa expresión existe algo más profundo que el desencanto: la percepción de que la política ocurre lejos de la vida cotidiana, cuando en realidad influye en ella todos los días.

En medio de esa incertidumbre aparecen organizaciones políticas que, muchas veces, improvisan sus candidaturas. En ocasiones, pareciera que el criterio principal para elegir a sus representantes es el número de seguidores en redes sociales, olvidando que la popularidad digital no necesariamente refleja liderazgo, capacidad técnica, ética o compromiso con el servicio público.

Con demasiada frecuencia los partidos se hacen visibles únicamente cuando se aproximan las elecciones. Durante el resto del tiempo desaparecen de la conversación ciudadana y descuidan una de sus responsabilidades más importantes: formar políticamente a la sociedad. Son escasas las organizaciones que invierten en escuelas de liderazgo, procesos permanentes de capacitación, espacios de debate para jóvenes o encuentros donde la ciudadanía pueda comprender cómo funcionan las instituciones y por qué la participación política resulta indispensable para construir un futuro común.

La democracia no se fortalece únicamente el día de las elecciones; se fortalece todos los días, cuando existen ciudadanos informados y organizaciones políticas capaces de formar líderes antes que candidatos.

Es cierto que muchas mujeres y hombres aceptan participar en política movidos por sueños, vocación de servicio y el deseo legítimo de transformar sus comunidades. Esos liderazgos existen y merecen reconocimiento. Sin embargo, también es evidente que persisten candidaturas construidas desde la improvisación, el marketing electoral o las promesas imposibles de cumplir, donde la sonrisa reemplaza al plan de gobierno y la estrategia comunicacional intenta sustituir a la capacidad de gestión.

Allí nace una pregunta que todos deberíamos hacernos antes de depositar nuestro voto: ¿a quién estamos entregando el poder de tomar decisiones que afectarán nuestra vida, la de nuestras familias y el futuro de nuestras ciudades?

La política no es un espectáculo. Es el ejercicio mediante el cual una sociedad organiza el poder para responder a las necesidades colectivas a través de políticas públicas. Por ello, elegir representantes exige mucho más que simpatía o afinidad partidista.

Conviene analizar la trayectoria de quienes aspiran a gobernar. ¿Han demostrado coherencia entre lo que dicen y lo que hacen? ¿Han ejercido liderazgos reales fuera de una campaña electoral? ¿Conocen la administración pública? ¿Poseen preparación técnica o experiencia suficiente para dirigir instituciones complejas? ¿Han generado oportunidades para otros? ¿Su conducta pública inspira confianza? ¿Tienen empatía de verdad con el pueblo al que procuran gobernar? Estas preguntas no garantizan la elección perfecta, pero sí reducen el riesgo de seguir improvisando nuestro futuro.

Hace más de dos mil años, Aristóteles afirmaba que la política debía orientarse al bien común y que el ser humano encuentra su plenitud participando en la vida de la ciudad. Siglos después, José «Pepe» Mujica recordó que la política solo conserva su sentido cuando está al servicio de la gente y no de los intereses personales. Dos épocas distintas, una misma enseñanza: el poder solo tiene legitimidad cuando sirve.

Las próximas elecciones seccionales representan una oportunidad para recuperar la confianza, pero esa tarea no depende únicamente de quienes buscan ser elegidos. También depende de nosotros como ciudadanos. La democracia no mejora cuando esperamos candidatos perfectos; mejora cuando ejercemos un voto informado, crítico y responsable. (O)

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