La ética, la ley y el Ecuador no riman / Juan Diego Valdivieso Rowland

Columnistas, Opinión


No respetar las filas en el banco o tienda; no devolver el vuelto si le dan en exceso; copiar en las tareas y trabajos en el sistema educativo; hacer caso omiso de todo tipo de normas, ordenanzas, leyes, códigos orgánicos y de la Constitución. Eso es el Ecuador desde que tengo uso de razón. Esto nos remite a esta palabra tan utilizada desde la fundación de la República: corrupción. ¿Cuáles son los tres factores que la producen? La discrecionalidad, la falta de transparencia y el abuso de poder.

El primer factor se refiere a la actuación de algo o alguien sin la influencia de una norma o regla -una decisión que no obedece a ninguna normativa concreta, sino que está basada en un criterio individual-. Por ejemplo, cuando un servidor público decide -subjetivamente- agilitar o no un trámite en alguna institución pública. La falta de transparencia se traduce en la opacidad de las acciones y decisiones que son tomadas por un funcionario público cuando no se hacen licitaciones públicas para adjudicar obras y se otorgan los contratos a dedo, una práctica tan común y banalizada en Ecuador. Finalmente, el abuso de poder es el que engloba a los dos factores anteriores. Esto se configura cuando un servidor público hace y deshace las cosas por la posición que ostenta y cree que no es responsable por aquello. Es mi padre, que me ha instruido en este tema gracias a los años que ha trabajado en comisiones anticorrupción, quien menciona que la combinación de estos factores provoca la corrupción.

Es lamentable que el Ecuador esté tan corrompido. Lo peor de eso, es que a nadie parece importarle ya que es una corrupción banalizada o “normalizada”, como la famosa reflexión de “roba, pero hace obras”. ¿Hasta cuándo Ecuador? Hasta la vuelta de la historia.

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