La esperanza del peso de los años es la justicia social

Columnistas, Opinión

Hay una edad en la que uno comienza a sentir que los otoños ya no son solamente estaciones del año. Se vuelven una presencia más frecuente, una manera distinta de mirar el tiempo, de medir los días y hasta de caminar.

El síndrome vespertino, muy probablemente, reduce nuestros movimientos y acondiciona nuestros pasos cada vez que los otoños se hacen presentes, o más frecuentes. El cuerpo aprende, casi sin pedir permiso, a transitar más despacio. Los pasos se vuelven prudentes, las distancias parecen más largas y el cansancio comienza a formar parte de una conversación silenciosa con uno mismo.

Pero la vida no termina de aquietarse.

Las ilusiones yertas todavía se yerguen en ese resto de horizonte que se resiste a ocultarse. Hay algo dentro de nosotros que se niega a aceptar que el atardecer sea únicamente el anuncio de la noche. Quizá esa sea la paradoja de los años: mientras el cuerpo aprende a desplazarse más despacio, el espíritu insiste en levantar la mirada hacia lo que permanece distante, hacia aquello que todavía puede iluminar el último destello de la tarde.

Envejecer, entonces, no debería significar solamente aprender a despedirse. También significa aprender a mirar de otra manera. El tiempo nos despoja de algunas certezas, pero puede entregarnos una conciencia más profunda de aquello que realmente importa.

Y entre esas cosas está la justicia.

Porque con los años también comprendemos que la vida individual no puede separarse de la vida de los demás. La vejez se vive de manera muy distinta dependiendo de la sociedad que nos rodea. No es lo mismo envejecer acompañado que hacerlo en soledad; tener una pensión digna que sobrevivir con incertidumbre; contar con atención médica que enfrentar la enfermedad como una condena; conservar vínculos y oportunidades que sentirse convertido en alguien invisible.

Por eso, superando énfasis ideológicos hablar de envejecimiento es también hablar de justicia social.

Una sociedad puede medir su progreso por sus carreteras, sus edificios, sus cifras económicas o sus avances tecnológicos. Pero existe una medida mucho más humana: la manera en que trata a quienes han dejado de ser jóvenes, a quienes ya no producen como antes, a quienes necesitan más cuidados y menos indiferencia.

La justicia social no es una abstracción. Es el derecho a llegar a la vejez sin que la edad se convierta en una sentencia de abandono. Es poder mirar hacia atrás sin sentir que los años entregados a la sociedad fueron olvidados por ella. Es verificar en el tiempo que en verdad opera la compensación en la justa medida.

Tal vez por eso, cuando el horizonte comienza a teñirse de ocaso, la esperanza adquiere otro significado. Ya no se trata solamente de cuánto tiempo nos queda, sino de qué sociedad queremos dejar detrás de nosotros.

Porque quizá la verdadera esperanza no consista en negar la noche que inevitablemente llegará, sino en conseguir que, antes de que llegue, la luz alcance a todos.

Y si alguna esperanza merece ser defendida hasta el último de nuestros días, es esa: una sociedad donde nadie envejezca condenado a la indiferencia, donde la dignidad no tenga edad y donde la justicia social sea, finalmente, la forma más concreta de la esperanza.

¡No sé si aún estamos a tiempo de alcanzarla, pero no debemos dejar de intentarlo! (O)

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