La congregación de Hermanas Doroteas y su fundador

Columnistas, Opinión

Esta Familia Religiosa que el 15 de Mayo de 2026 cumplirá 102 años de vida, en tierra ecuatoriana ha tenido desde sus orígenes una proyección histórica y carismática verdaderamente prodigiosa.

Por el querer de Dios, Ella nació de la mente y del corazón del ferviente sacerdote GIOVANNI ANTONIO FARINA, cuya trayectoria pastoral en la historia de su época  tuvo grande resonancia y aún hoy, llena de admiración a quienes tratan de acercarse a su figura que, si bien pertenece al pasado, tiene el inmenso valor de ser actual.

Siendo la Congregación de Madres Doroteas la obra mas extraordinaria del Obispo Farina, resulta indispensable armonizar la trama histórica de tres realidades: el ambiente ( realidad plótica)  en el cual crece un árbol (Monseñor Farina) que llegará a dar fruto ( la Congregación).

En una visión de conjunto, se apreciará mejor como las circunstancias de la época constituyeron el factor preponderante que incidió en la formación de Giovanni Antonio y que,  a su debido tiempo, le obligó desde dentro a dar vida e impulso a una minúscula obra que había comenzado como una “Escuela de Caridad”.

Separar estos tres elementos  significaría quebrar la unidad lógica que hace de ellos  un todo íntimo e indisoluble.

Geográficamente el escenario fue la cristianísima Región del Véneto, al Noreste de la Península Itálica. La ciudad de Vicenza constituyó el centro de los acontecimientos. En la dimensión política existía una paz forzada porque se estaba soportando la dominación Napoleónica, seguida luego por la austríaca. Mas tarde, a nivel interno, se desencadenó una lucha sangrienta.

El fermento de la independencia estaba ligado al movimiento revolucionario italiano a través del Comité Central Véneto. Las ideas de libertad formaban una brecha tanto en el pueblo como en el clero. El desgarramiento era exasperante, no solo en el sector político sino también el aspecto religioso.

La lealtad política  de los legitimistas hacia el poder extranjero fue juzgada por los liberales como servilismo alimentado de ideales religiosos. La fidelidad a la Iglesia, la defensa de la ortodoxia, la misma actividad apostólica, fueron interpretadas como conflicto entre los valores espirituales y los temporales: como  sujeción de la fe a la política.

La defensa del poder  temporal en aquella época difícil del contexto político de Italia, era valorada entonces como expresión del “austriaca-mismo”. Por  otra parte, para los legitimistas todo gesto de amor patriótico, toda concesión, aún la mas inocente,  la moderación política social, eran tomados como subversión religiosa de grave escándalo en la Iglesia. 

De estas calumnias fue víctima también el intrépido Obispo  Farina, pero él  no se preocupó por ello. (O)

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