La comparsa de los huérfanos

Los antiguos bufones de la corte, despojados del favor del rey, deambulan hoy, desorientados, en busca del rayo de luz que alguna vez iluminó sus privilegios. No son más que el vestigio de una supervivencia precaria, a la deriva en aguas turbulentas, mientras se revuelcan en el fango de la desconfianza, víctimas de este poder al que sirvieron con devoción.
Esta imagen, que bien podría retratar la decadencia de una monarquía absolutista, refleja con inquietante precisión la realidad política del Ecuador. Asistimos al crepúsculo de los grandes caudillismos: liderazgos que durante décadas marcaron el rumbo del país y que hoy contemplan cómo sus estructuras se desgastan bajo el peso del tiempo y del debilitamiento institucional. El rey ha quedado ciego -o, al menos, recluido- y la corte ha perdido su centro de gravedad.
¿Qué hacen entonces los cortesanos cuando desaparece el poder que les daba abrigo? Sobrevivir. La lealtad ideológica, si alguna vez existió, ha cedido paso al instinto de conservación. Reaparecen así rostros conocidos, protagonistas de viejas disputas y antiguos escándalos, que mudan de piel con sorprendente facilidad. Ayer defendían con fervor las banderas de un caudillo; hoy buscan acomodo en nuevas organizaciones políticas, procurando confundirse con un paisaje que pretende vender renovación.
Se refugian en movimientos emergentes, partidos de alquiler o vehículos electorales de coyuntura que, necesitados de cuadros y con escasa identidad ideológica, les abren sus puertas. Son los sobrevivientes de la burocracia y la legislatura: camaleones que confunden el oportunismo con la experiencia. Sin embargo, en esa búsqueda desesperada por conservar influencia, poder o inmunidad, olvidan que los nuevos aliados también los observan con recelo. Han cambiado de dueño, pero continúan arrastrando las cadenas del viejo poder.
En medio de este escenario también resulta interesante observar el reposicionamiento de algunas figuras femeninas que, con experiencia y renovada presencia pública, vuelven a disputar espacios en la política nacional y local. Su retorno demuestra que el debate político no solo gira alrededor de las viejas estructuras de poder, sino también de liderazgos que buscan reivindicar su vigencia frente a un electorado cada vez más exigente.
Este fenómeno obliga a examinar el desgaste de las organizaciones tradicionales y la dificultad para formar nuevos cuadros capaces de responder a la compleja coyuntura nacional. A ello se suma la persistente ausencia de propuestas serias, viables y honestas que permitan enfrentar los desafíos económicos, sociales e institucionales que vive el país.
¿Qué nuevas dificultades traerá consigo el travieso Niño, que ya parece anunciarse entre playas, laderas y selvas?
Por ahora, el tablero político ha dejado ver movimientos calculados. Una de las estrategias más eficaces consiste en debilitar al potencial adversario incorporando a sus antiguos operadores. Pero también asoma el riesgo de un nuevo Caballo de Troya: personajes o comparsas que, revestidos de renovación, ingresen a las nuevas organizaciones para reproducir desde dentro las mismas prácticas, lealtades y vicios que el electorado creyó haber superado.
Ese es, precisamente, el mayor peligro: que la renovación sea apenas cosmética; que el cambio de siglas se confunda con una verdadera transformación; que los huérfanos de la vieja corte encuentren refugio en los palacios recién construidos y terminen ocupando nuevamente sus despachos y presupuestos. Entonces, cuando vuelva a sonar la música de la campaña, la comparsa estará completa: nuevos estandartes, viejos rostros y la misma coreografía de siempre.
La ciudadanía, sin embargo, parece menos dispuesta a aplaudir cualquier espectáculo. Ha visto demasiadas veces cómo cambian los disfraces sin cambiar el libreto. El verdadero desafío consiste en distinguir entre quienes llegan para construir una alternativa y quienes solo buscan una nueva guarida. De lo contrario, el país seguirá contemplando la interminable procesión de los huérfanos del poder, siempre dispuestos a encontrar otro amo al que servir. (O)
