Historia de dos economías

En mis clases de la universidad es habitual que me hagan siempre la misma pregunta sobre la situación de nuestro país: ¿por qué ninguna política parece funcionar?, ¿por qué sentimos que vamos de mal en peor? y ¿cuándo veremos un país que mejore de forma sostenida?
La respuesta es más sencilla de lo que parece. Desde hace décadas, los expertos han señalado que uno de los principales problemas de los países en desarrollo es el constante cambio de rumbo. Cada nuevo gobierno llega con la idea de reemplazar el modelo anterior por uno completamente distinto.
Esta dinámica impide aplicar políticas a largo plazo o consolidar estrategias que mejoren de manera permanente las condiciones económicas y sociales del país. Sin continuidad, es imposible construir instituciones sólidas y alcanzar un desarrollo sostenido.
En Ecuador llevamos décadas viviendo la historia de dos economías. No porque existan dos países, sino porque conviven dos formas completamente distintas de entender cómo debe organizarse la economía y cuál debe ser el papel del Estado. Cada vez que una llega al poder intenta reemplazar por completo a la otra.
Una, más de izquierda, considera que el Estado debe tener un papel central, invertir, construir infraestructura, ampliar los servicios públicos e intervenir activamente para impulsar el crecimiento. La otra, más de derecha, sostiene que el desarrollo depende de reducir el tamaño del Estado, disminuir la regulación, dar mayor espacio al sector privado y confiar en que la inversión genere empleo y riqueza.
El problema no es que existan dos visiones distintas. Eso ocurre en todas las democracias del mundo. El verdadero problema aparece cuando cada una intenta borrar todo lo que hizo la otra. En lugar de corregir los errores y conservar los aciertos, empezamos nuevamente desde cero.
De la misma manera, esta falta de continuidad y los constantes cambios en las leyes y en las prioridades del Estado reducen los incentivos de las personas y las empresas para producir, invertir, emprender y desarrollar nuevos proyectos.
Los países que hoy admiramos no necesariamente tienen mejores políticos que nosotros. Lo que han logrado es construir acuerdos básicos que sobreviven a los cambios de gobierno. Pueden existir diferencias sobre cómo administrar el Estado, pero nadie pone en duda la importancia de mantener una educación de calidad, infraestructura moderna, seguridad, estabilidad económica o reglas claras para producir e invertir.
Quizá esa sea una de las lecciones más importantes que Ecuador todavía tiene pendiente. Ningún país puede construir su futuro si cada gobierno comienza derribando lo que hizo el anterior. (O)
