Gil y perejil

En el argot popular latinoamericano, la palabra «gil» se utiliza principalmente para referirse a una persona tonta, incauta, ingenua, lenta de entendimiento, distraída o fácil de engañar.
En estos tiempos de inscripciones de candidatos, algunos hechos ya no causan novedad, porque nos hemos acostumbrado a ver y oír situaciones que sobrepasan la sinvergüencería. Creen que el pueblo es gil para meterle gato por liebre con alianzas cuestionadas por su falta de principios éticos e ideológicos. Hay una amnesia inmoral de hechos y actos conocidos por todos que hoy se santifican groseramente.
Al estilo de los gitanos españoles de la jerga caló, consideran al pueblo como inocente o «jili» y, por lo tanto, fácil de engañar con sus quiromancias. La frase «hacerse el gil» o la percepción de que los políticos buscan «ver la cara de gil» a la ciudadanía es una crítica común en la cultura política ecuatoriana para señalar la desconfianza generalizada hacia las promesas de campaña y pactos inverosímiles bajo la mesa.
Es verdad que la viveza y la desconfianza son reglas de supervivencia en la calle, pero que esta actividad se escale en quienes deben dar ejemplo de moralidad es un exceso de malicia. No hay más que cerrarles el paso, negándoles el voto, a componendas que le hacen más daño a un sistema político que está más que corrompido. En el contexto popular, decir giles se usa para señalar la ingenuidad, pero ver el mundo solo como un juego de «vivos» y «giles» puede ser muy desgastante.
Se hacen los giles quienes no hicieron mayor cosa como autoridades y hoy asoman, mondos y lirondos, como candidatos. ¿Qué dirán en sus discursos repetidos y cansinos? Como ya es costumbre, dirán que todo está bien y que los opositores les envidian por sus logros administrativos. Viven con una idiosincrasia de Ripley, asumiendo verdades a medias y convencidos de que son los ungidos para rescatar a las ciudades que ellos sumieron en el abandono. Aquí no importa estar en deuda con una justicia gil. Igual son candidatos a dignidades populares, chimbadores de oficio y contumaces burladores de la ley con grillete incluido.
El presidente ecuatoriano también usó la frase cuando afirmó que no está en el poder para «hacerse el gil», como lo hicieron los gobernantes del pasado frente a la violencia y el crimen organizado. Mientras tanto, los funcionarios del gobierno se hacen los giles frente a la falta de medicinas y personal médico especializado en el sistema de salud, frente a los cambios estructurales que necesita la lacerante realidad del sistema educativo y al momento de rendir cuentas por los casos de corrupción extrema que desgastan la credibilidad ciudadana.
Hay un engaño cotidiano de tantos y cuantos que se saltan las reglas, hacen caso omiso de las normas, buscan frecuentemente el atajo, justifican la trampa y favorecen el engaño porque se creen «vivísimos» y hacen cultura de la corrupción, frente a tantos ciudadanos de bien que aún consideramos viable un cambio socioeducativo y cultural en el país.
Por cierto, me olvidaba: el perejil es una hierba que se utiliza para sazonar los alimentos y darle el buen sabor ecuatoriano; una sazón ética e incorruptible que hoy, más que nunca, le hace falta a nuestra adormecida sociedad. (O)
