Galenos y la Tiranía / Dr. Guillermo Bastidas Tello

Columnistas, Opinión

 

Cuando nacemos vemos a un médico, cuando sufrimos buscamos a un médico y cuando nos vamos despidiendo de nuestra vida terrenal casi siempre nos acompaña un médico.

Desde su infancia van soñando con el mandil blanco, el fonendoscopio colgado al cuello y la mascarilla cubriendo su agotamiento y cansancio nocturno.

Ha decidido cambiar su adolescencia lúdica y juventud fogosa por los libros, las bibliotecas, las malas noches, los quejidos, el dolor, el sufrimiento y la resignación frente a la muerte.

Mientras la mayoría de los jóvenes, terminada su tarea, se alejan del mundanal estudio, se alejan de ciertas responsabilidades científicas, la puerta del joven médico quedará abierta al doliente, al indigente, al deprimido, al accidentado y al agonizante ciudadano.

Para él no existe la justificación del teléfono apagado o celular agotado; para él médico no existe los sábados ni domingos; le navidad y el año nuevo son un recuerdo almacenado en su infancia; el día del amor y la amistad está de turno o no ha almorzado por atender una emergencia; su cumpleaños lo pasa encerrado en sala de operaciones, pues se le complicó un paciente; no pudo acudir al grado de su hija porque debió trepanar un cráneo. Recibió la noticia de la muerte de su padre mientras daba anestesia y no pudo llorar con toda la fuerza y rabia de no aceptación a lo fatal, ni pudo estar junto a su progenitor en la agonía, porque debió operar un apéndice.

Por dedicar su vida a sus pacientes, cuidados intensivos, emergencias, no vio crecer a sus hijos, no vio nacer a su nieto, no pudo dedicar a su familia todo el tiempo necesario y perdió su hogar. No tiene amigos, porque solo es útil para una consultita, ya no le invitan a la cangrejada ni parrillada, él solo sirve para curar y sanar.

Cuando decide especializarse y saber más, el costo de ésta decisión es muy alto; frecuentemente se le viene un divorcio, la enfermedad de un familiar, su novia se le casa con su mejor amigo que si tiene tiempo porque no es médico; se entera que uno de sus hijos cayó en drogas, tiene que salir del país, tiene que hacerlo porque quiere aprender más para servir a su prójimo.

En sus guardias y con pacientes graves, baja la cabeza, le pide a Dios para que su tratamiento lo salve, se muere de sueño, bosteza, se agarra sus manos sudorosas y cansadas de digitar las historias clínicas y recetas, sufre con su paciente, le duele el dolor del enfermo, llora muchas veces cuando ve impotentemente llegar la muerte de su enfermo a quien le dedicó todo el esfuerzo, tiene rabia, sale al patio del hospital mira al cielo, ve las estrellas, se cobija del frio, se fuma un tabaco porque quiere envenenarse de impotencia frente a la muerte y calla, pues ya llega otra ambulancia con un paciente H1N1.

Al final de su profesión termina solo, sin amigos, adicto a algo o a alguien, viejo, sin aseguramiento, olvidado porque la nueva camada de médicos ha llegado a la ciudad. A veces con Alzheimer, Enfermedad cerebral vascular, discapacitado y desahuciado por el sistema.

Nadie se acuerda ya de él médico, solo la tiranía del sistema social lo recuerda trabajando en hospitales viejos y mal olientes; sin los recursos necesarios, haciendo colecta para comprar una sonda para algún indigente.

Luego la Tiranía lo criminalizó, lo estigmatizó como un psicópata de la Salud, como un criminal en potencia, creo la mal llamada Ley de la mala praxis.

Para ejercer su profesión ganada a costa de su vida y salud, debe solicitar a la burocracia de la Tiranía un permiso de funcionamiento ofensivo, hiriente, insultante y ortodoxo. Mientras tanto los charlatanes ofrecen en radios la curación del cáncer, la impotencia, el SIDA y la brujería; sin embargo, a ellos la Tiranía los protege, a los médicos los persigue como a delincuentes en potencia. Cualquier pretexto es bueno para intentar cerrar un consultorio o clínica, el lavamanos, el papel higiénico, los cortos punzantes, el título de Magister, el Diplomado, cualquier pretexto para someterlo. (O)

 

 

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