Estado laico y fe selectiva

La reciente reunión entre la ministra de Gobierno Nataly Morillo y los ocho vicariatos apostólicos del país, así como el reconocimiento público entregado por estos al Gobierno Nacional, abre una reflexión profunda y necesaria sobre el papel de la Iglesia frente a los gobiernos de turno. No se trata de negar el valor del diálogo ni de desconocer la importancia de la coordinación institucional, sino de preguntarnos con honestidad: ¿qué significa agradecer cuando la justicia sigue pendiente?
La Escritura es clara y contundente. El profeta Isaías exhorta: “Aprended a hacer el bien; buscad el juicio, restituid al agraviado, haced justicia al huérfano, amparad a la viuda” (Isaías 1:17). Estas palabras no fueron dirigidas a individuos aislados, sino a una nación y a sus líderes religiosos y políticos.
Desde esta perspectiva, resulta legítimo cuestionar: ¿qué se está reconociendo cuando se guarda silencio frente a hechos dolorosos y graves que claman justicia? El país aún espera respuestas claras por la muerte de los cuatro niños de Malvinas; las comunidades de Esmeraldas siguen viviendo las consecuencias de derrames petroleros y contaminación ambiental; persiste la preocupación por el reciente incendio en la refinería de Esmeraldas; y no se ha despejado con transparencia la sombra de presuntos actos de corrupción. Ante estas realidades, el silencio no es neutral.
La Iglesia no existe para legitimar el poder, sino para interpelarlo. Su misión no es aplaudir la gobernabilidad, sino exigir que esta se construya con verdad, justicia y rendición de cuentas. Agradecer “procesos que garantizan institucionalidad y gobernabilidad” sin evaluar sus frutos concretos en la vida de los más pobres corre el riesgo de vaciar el mensaje cristiano de su dimensión profética.
Además, es necesario recordar que el Ecuador es un Estado laico. El acercamiento exclusivo a determinados movimientos o expresiones religiosas para el diálogo con el poder político plantea una seria preocupación. ¿Dónde quedan las otras voces de fe, como la iglesia evangélica y otras corrientes religiosas y sociales, que también acompañan a los sectores empobrecidos del país? La laicidad no excluye la fe del espacio público, pero sí exige equidad, pluralidad y ausencia de favoritismos.
Jesucristo fue claro en su postura frente al poder: se acercó a los marginados, confrontó la hipocresía religiosa y denunció la injusticia, aun cuando ello le costó la vida. Siguiendo su ejemplo, la Iglesia está llamada a ser conciencia crítica de la nación, no socia silenciosa del Estado. Su rol es exigir el cumplimiento del plan de gobierno ofrecido en campaña, acompañar al pueblo en su sufrimiento y demandar cuentas a quienes ejercen autoridad.
Cuando la Iglesia calla ante la injusticia, deja de ser sal y luz. Pero cuando levanta la voz por los que no tienen voz, honra su vocación y da testimonio fiel del Reino de Dios, un Reino donde la justicia no se agradece: se practica. (O)
