¿Enseñar con miedo?

Columnistas, Opinión

Un cambio preocupante está viviendo la docencia en Ecuador: de ser una vocación de servicio, pasó a convertirse en una actividad marcada por el miedo. El testimonio del Profe Roberto Camana lo resume bien: el respeto de antes se fue diluyendo, y en su lugar queda una sensación constante de tener que cuidarse las espaldas, dentro y fuera del aula.

Hoy, un profesor ya no piensa solo en cómo enseñar mejor, sino en cómo no meterse en problemas legales. Existen reglas de convivencia casi rígidas: nada de tocar, nada de abrazar, ningún contacto físico sin consentimiento explícito. Muchos docentes usan el propio escritorio como una barrera, no por comodidad, sino para marcar distancia y evitar acusaciones falsas. Prefieren que los vean como alguien «distante» antes que arriesgarse a un proceso judicial que les puede arruinar la vida.

La presión tampoco viene solo de los estudiantes. También viene de los padres de familia, que en muchos casos convierten las calificaciones en un campo de batalla. Hay profesores que han tenido que «negociar» una nota de 9, casi como un regateo, solo para evitar insultos, denuncias o problemas legales. Todo esto se disfraza a veces con frases bonitas, como que «lo importante no es la nota, sino el bienestar del estudiante», cuando en el fondo se resta autoridad al profesor.

Lo que queda es una sensación de desamparo generalizada. Sin respaldo real de las autoridades distritales de educación y con el miedo constante a ser agredidos solo por hacer su trabajo, muchos docentes ya no ven la renuncia como una opción extrema, sino como la única salida segura. Y eso es triste, porque un sistema educativo no debería obligar a sus profesores a enseñar con miedo, sino con la tranquilidad de saber que su labor está protegida y valorada.

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