Elecciones extrañas

He seguido muchos procesos electorales en Ecuador, pocos tan extraños como este. A semanas de elegir autoridades seccionales, sobran controversias y escasean certezas.
Las votaciones estaban previstas para el 14 de febrero de 2027, pero fueron adelantadas al 29 de noviembre ante la amenaza del fenómeno de El Niño. La explicación oficial no consiguió disipar las sospechas de quienes atribuyen al cambio la intención de perjudicar a los adversarios del Gobierno. La sospecha existe; demostrarla es otra cosa.
Después llegaron los problemas para varias organizaciones políticas. La Revolución Ciudadana se quedó sin candidaturas propias y tampoco pudo inscribirlas mediante su aliado, el movimiento AMIGO, aunque encontró alternativas a través de alianzas locales. Unidad Popular enfrentó incertidumbre sobre su participación y Construye salió de la contienda. En semejante escenario, la papeleta parece depender más de expedientes que de propuestas.
También pesan los casos individuales: Aquiles Álvarez continúa privado de libertad; Cristian Zamora afronta una sanción que afecta sus aspiraciones políticas; Pábel Muñoz tiene procesos pendientes y la expresidenciable, Luisa González, fue detenida. La renuncia de Marcela Aguiñaga a la prefectura del Guayas y la salida de Diana Atamaint del CNE suman dudas a un panorama que ya era confuso. Sin duda, son hechos distintos, con causas diversas; pero, juntos, alimentan la inquietud ciudadana.
Las autoridades electas no asumirán sus funciones hasta el 14 de mayo de 2027. Entre votar y gobernar habrá casi medio año, tiempo en el que podrían surgir novedades. Al final veremos si todos llegan a sentarse en sus despachos.
Y mientras la política concentra sus energías en la disputa por los cargos, las restricciones eléctricas vuelven a afectar a empresas que generan empleo. El contraste indigna: el país necesita respuestas, pero la atención pública está secuestrada por el laberinto electoral. Difícil pedir entusiasmo ciudadano ante tanta incertidumbre.
No hace falta imaginar una conspiración detrás de cada acto ni atribuir intenciones que no han sido demostradas. Pero tampoco podemos normalizar semejante acumulación de controversias. La transparencia electoral no consiste únicamente en contar votos, sino en garantizar que la competencia sea justa.
Estas son, probablemente, las elecciones más extrañas que me ha tocado presenciar. Pero es más preocupante lo que puede suceder después. Al final, habrá ganadores y perdedores. Pero si al terminar este proceso la ciudadanía confía menos en sus instituciones, la verdadera derrota será para el pueblo. (O)
