El sistema y sus cadenas

En economía, el término “ciclo del cerdo” se refiere a las fluctuaciones cíclicas de la oferta y los precios en los mercados. Analizado por el alemán Arthur Hanau en 1927, explica un fenómeno sencillo: cuando los precios suben, los productores aumentan la producción; meses después existe un exceso de oferta, los precios caen y muchos abandonan la actividad, hasta que el ciclo comienza nuevamente a veces de formas diferentes.
Pero los cerdos, los cerdos esta vez no son lo importante. Lo verdaderamente interesante es cómo un sistema puede mejorar las condiciones de vida de una población o, simplemente, empeorarlas.
El capitalismo extremo apuesta por la propiedad privada y por un mercado donde los precios, la producción y la distribución se regulan principalmente mediante la oferta y la demanda, con mínima intervención estatal. El comunismo radical, en cambio, busca la “propiedad colectiva” (inexsistente) y un absoluto control del Estado sobre la producción.
En medio existen otras alternativas, donde conviven un fuerte control estatal en áreas estratégicas y la participación de empresas privadas con importantes beneficios.
Sin embargo, vemos como mientras tanto, el pueblo sigue diciendo: “Sea cual sea el gobierno de turno que nos toque, debemos seguir trabajando para ganarnos la vida”.
Joseph Stiglitz, a quien admiro y he citado en otros editoriales, ha demostrado que el libre mercado sin regulación es una falacia. Los mercados pueden fallar porque la información no está distribuida de manera equitativa y, sin reglas justas, la desigualdad puede profundizarse y quienes poseen mayor poder pueden aprovecharse de quienes tienen menos.
Pero aquí aparece el verdadero problema: ningún sistema funciona si quienes lo administran carecen de ética y eficiencia.
Por eso, el debate no debería reducirse a capitalismo versus comunismo, izquierda versus derecha o Estado versus mercado. El verdadero desafío está en construir instituciones capaces de proteger el interés colectivo, brindar seguridad y oportunidades permanentes.
Y aquí llegamos a nuestra realidad.
La corrupción parece haberse convertido en el pan de cada día de muchas instituciones públicas. Vemos cómo, demasiadas veces, parece estar más tranquilo quien puede pagar más; cómo la seguridad jurídica puede terminar dependiendo de acuerdos políticos; o cómo los intereses particulares se imponen sobre las necesidades de quienes deberían ser los verdaderos beneficiarios del Estado.
La corrupción no puede seguir siendo parte del sistema. Hay que arrancarla de raíz y hay que hacerlo pronto!
No basta con cambiar funcionarios, anunciar investigaciones o realizar operativos que después se pierden entre expedientes. Se necesitan controles efectivos, pero con instituciones que no se les olvide que la transparencia es su eje fundamental, mas no la coima o la corrupción que está lista para tergiversar la verdad. Se necesitanfuncionarios preparados, instituciones independientes y, sobre todo, consecuencias reales para quienes vulneran lo público de maneras descaradas.
El Gobierno tiene una enorme responsabilidad. No basta administrar instituciones: hay que devolverles dignidad y demostrar que la ley también alcanza a quienes tienen “poder”.
En Tungurahua acaba de asumir el cargo de Gobernador mi buen amigo Gonzalo Callejas. Le deseo de corazón éxitos y, sobre todo, sabiduría. De verdad, Tungurahua se alegró con esa acertada designación, recordándonos que sí se puede reconocer a la gente honesta, trabajadora, profesional y ética para espacios delicados e importantes.
Porque un país no se destruye solamente cuando le faltan recursos.
Se destruye cuando la corrupción logra convencernos de que no hay otra manera de vivir. Y esa cadena, precisamente esa, es la que tenemos que romper y esperamos que este sea el momento. (O)
