El sin sentido de la razón / Guillermo Tapia Nicola

Columnistas, Opinión

Prepotencia e improvisación juntas, son el arma perfecta para generar el fracaso. Mas aún, cuando se suma la arrogancia y el desprecio por la opinión de los demás. 

Los ejemplos, las vivencias y las noticias que se suceden, dan cuenta de una serie de acontecimientos, en lo público y en lo privado, que apuntan a fortalecer, cuando no a corroborar la cita inicial y dan cuerpo, al comentario que en corrillos acrecienta hasta volverse vox populi.

Pretensiones afincadas en especulaciones, no pueden menos que ser sometidas al escarnio, porque no superan ni siquiera la temporalidad de la duda, no se diga la rigurosidad de la ley que, afectada y esquiva, enceguecida y timorata, termina por dar razón a la sinrazón y desoír las voces que demandan rectificaciones y respeto.

Inculparse, inmolarse, y auto demandar parece cosa de niños. Pero culpar a los demás, camuflarse y arraigarse en un cargo, para el que -definitivamente- no se está preparada, eso sí, que es cosa distinta. Es la evidencia crasa del ejercicio del poder cuando se lo ejerce de manera abusiva, haciendo alarde, intentando reconocimiento y cosechando reproches. 

Eso es prepotencia. Propia de las personas narcisistas, arrogantes y que no tienen interés en escuchar otras opiniones.

Y ese es un mal nada exclusivista. Generalizable y hasta emulado por los espíritus egoístas y superfluos que se creen predestinados, cuando por arte de magia acceden a un sitial inmerecidamente y al llegar, se auto convencen de haberlo hecho por mérito propio. 

Se lo advierte hasta en el deporte. Encaramado en una dirigencia obsecuente que permite que esas imperfecciones de la personalidad, enraizadas en un personaje, se expresen y se muestren tan auténticas como la peste o la hambruna, la falta de táctica y la ausencia de humildad.

Si a todo eso se agrega la realización de una cosa que no estaba prevista o preparada, vulgarmente reconocida como «capacidad de improvisación», el círculo se completa y la catástrofe acontece. 

El diálogo se fractura, la inmovilidad institucional se acentúa y las propuestas de evaluación y cambio se sustentan. De otra parte, el juego es deslucido, abrupto, insignificante, carente de visión y compromiso y, cuando el equipo es abatido, la culpa termina siendo del balón.

¡Cuánto daño causan estas personas perniciosas, funestas y contraproducentes!

Ni siquiera son capaces de entenderlo y cuando, por casualidad lo advierten, no lo comprenden y por lo mismo, no escarmientan ni asimilan su enseñanza o su consejo.

Lo más triste de todo, es que esos individuos del cuento, viven rodeados de parafernalia y acólitos que, gorjean a su oído en medio de una exhibición gratuita y alarde de medios que denotan riqueza e importancia, hasta volverlos usos habituales en determinados actos o ceremonias.

Cumplir con las obligaciones connaturales a la función o cargo en desempeño, dejan de ser importantes, cuando la vanidad obnubila la vista y apacienta el cerebro. 

Que la medicina no resulte peor que la enfermedad.

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