El Proyecto Ellmann y nosotros, los inocentes

Columnistas, Opinión

Usualmente me gusta hablarles de temas que están en boga y, esta vez, quiero adelantarme para contarles algo nuevo que se trama dentro de “el gran sistema” que, poco a poco, parece querer gobernarnos incluso desde nuestro más íntimo acceso neuronal: nuestros pensamientos, aquello que suponemos que, por ahora, todavía nos pertenece.

En medio de todo el “dilema de las redes sociales”, con sus ventajas tecnológicas ya conocidas, aparecen también sus desventajas sobre nuestro cerebro y, quizá, sobre nuestra propia evolución como humanidad.

Pero, amigos, ¿es realmente distinto tener pensamientos y ejercer neuro-soberanía sobre ellos? La neuro-soberanía, o soberanía neurocognitiva, se refiere al derecho y la capacidad de las personas y las sociedades para proteger su autonomía mental, controlar sus propios procesos de pensamiento y decidir sobre sus datos cerebrales frente al avance acelerado de las neurotecnologías y la inteligencia artificial.

Ahora pensemos: ¿qué pasaría si vienen por nuestra neuro-soberanía, por ese código interno que todavía consideramos exclusivamente nuestro?

Ya hemos visto cómo avanza la interacción cerebro-computadora. Hoy puede ser un videojuego; mañana, una interfaz para comunicarnos con una inteligencia artificial. Imaginemos entonces que, para utilizar determinada tecnología, debamos aceptar un “contrato” en el que cedemos nuestros datos neuronales a una multinacional. Esa empresa ya no solo podría saber qué compramos o qué buscamos: podría conocer qué deseamos antes de que logremos verbalizarlo.

Estaríamos entregando al sistema nuestros datos neuronales en tiempo real para predecir, quizá, nuestro siguiente pensamiento antes de que nosotros mismos podamos formularlo.

¿Increíble? Sí. ¿Podría suceder?

El Proyecto Ellmann es una propuesta de inteligencia artificial asociada a Google que busca construir una narrativa sobre cada persona, una especie de “gemelo digital” de nuestra propia vida. Para ello, plantea utilizar datos personales como fotografías, historiales de búsqueda, ubicaciones, textos y otra información que compartimos, con el propósito de contar nuestra historia y responder preguntas sobre nuestras propias vivencias.

Y aquí aparece la pregunta incómoda: ¿qué sucede con nuestra privacidad cuando entregamos voluntariamente tanta información a sistemas cuyo alcance todavía no comprendemos por completo?

Tal vez el verdadero problema no sea que la tecnología quiera conocernos. El problema es que nosotros, los inocentes, estamos entregándole cada día más información sin preguntarnos qué ocurrirá cuando llegue el momento en que ya no tenga que preguntarnos nada.

Porque quizá el último territorio de nuestra libertad no sea una frontera, ni una propiedad, ni siquiera nuestro teléfono.

Quizá sea nuestra mente. Y sería terrible descubrir demasiado tarde que también la entregamos, sin leer los términos y condiciones. (O)

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