El lenguaje del terror

Columnistas, Opinión

Hace algunos años, ver un cadáver colgado de un puente era una imagen asociada a los noticieros mexicanos. Los carteles descubrieron que no bastaba con matar; había que convertir la muerte en un lenguaje de terror. Los cuerpos dejaron de ser únicamente víctimas para transformarse en mensajes dirigidos a rivales, autoridades y ciudadanos. El miedo pasó a ser una estrategia de comunicación y de control territorial.

Esta semana, un cuerpo decapitado apareció colgado en un paso peatonal de la avenida Simón Bolívar, en Quito. Las imágenes produjeron horror… al menos en quienes todavía conservan la capacidad de escandalizarse. Porque existe otro fenómeno, más silencioso y peligroso: el acostumbramiento. El día que un cadáver colgado de un puente deja de provocar estupor, el crimen organizado ha dado un paso más: ya no solo controla territorios, sino que empieza a acostumbrarnos al miedo. 

No se trata de un hecho aislado. Ecuador ya conoció escenas similares en Durán, La Troncal y Esmeraldas. Ahora el mensaje llega a Quito. El crimen organizado ya no mata únicamente para eliminar a sus enemigos; también lo hace para comunicar poder, sembrar miedo, demostrar que puede actuar donde quiera… La exhibición del cadáver forma parte del crimen y se convierte en una forma de lenguaje.

Si bien el Gobierno ha intensificado los operativos, los allanamientos y las capturas de objetivos considerados de alto valor, y ese esfuerzo merece reconocimiento, la realidad obliga a formular una pregunta incómoda: si las bandas responden con actos cada vez más crueles, ¿se está debilitando realmente al crimen organizado o asistimos a una reorganización violenta por el control de territorios, el liderazgo de las estructuras criminales y la imposición del miedo? Los golpes a los grupos criminales son necesarios, pero también lo es impedir que estas organizaciones conserven la capacidad de desafiar al Estado.

La seguridad no puede medirse únicamente por el número de detenidos exhibidos ante las cámaras. Debe medirse por la tranquilidad de los ciudadanos y por la capacidad del Estado para impedir que el miedo gobierne las calles… y ahora también los puentes. México demuestra que estas escenas pueden terminar normalizándose. Ecuador aún está a tiempo de evitarlo. El crimen organizado habrá ganado su batalla más importante el día en que un cadáver colgado de un puente deje de asombrarnos. Ese día no solo habremos perdido la seguridad; habremos comenzado a perder el país. (O)

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