El didacta

Columnistas, Opinión

«Didacta» es un término muy antiguo utilizado para referirse a la persona capaz de estimular las habilidades creativas y comprensivas de los estudiantes. Esto lo logra por medio de las estrategias que la metodología adecuada entrega para cada ciencia, sin llegar a esquematizarse por la teoría, sino estructurando un modelo de enseñanza propio u original que —sin apartarse de la cientificidad— resulte valioso de aprender por ser real y aceptado por la razón y el placer de enseñar (Lincoln & Guba, 1985).

Bien se dice que «el hábito no hace al monje», sino el cumplimiento de las acciones propias de su función. Estas acciones se relacionan con el oficio, entendido como el empoderamiento de la tarea encomendada y basado en la confianza del «deber hacer» que implica, a su vez, al «deber ser» bajo las condiciones y factores que influyen en su desempeño. Lo anterior, a ojos de la comunidad educativa sirve como contraloría social, usualmente para calificar a los docentes e incluso, hacer odiosas comparaciones entre ellos. 

Ser cualificado ahora es muy común; se generaliza en los polos: bueno o malo. Eloy Anello (1999) dice que la labor del docente es de una nobleza espiritual superior porque su tarea está destinada a guiar, orientar y enseñar a quienes no saben, se equivocan o desconocen; por lo tanto, no puede haber una mala acción de su parte. El psicólogo educativo Juan Antonio Mora (2006) manifiesta que para el desempeño de la docencia se necesitan cualidades que van más allá de una formación profesional: se trata de un sentimiento puro, nacido de la esencia de querer hacer bien las cosas, lo cual entra en el terreno de la ética. A esta actividad superlativa de la acción docente, relacionada con la actitud frente a una tarea, varios sociólogos y psicólogos educativos la denominan «vocación».

Sin embargo, una acción sin orientación es como dar palos de ciego: es caminar con dificultades en una dirección. El didacta busca, investiga, asimila y participa del plan educativo, donde se encuentra la concepción filosófica de la ciencia teórica y su aplicación práctica. Ser didacta es comprender la ciencia que se enseña y los métodos pedagógicos para hacerlo, así como verificar la efectividad de la enseñanza con indicadores claros.

Si en la razón de enseñar está la fuerza vital del ser docente, y si desde la concepción primaria esta labor está generalizada en la categoría de «buena», se debe a que en su accionar demuestra que hay dominio de los aspectos inherentes a su oficio. No obstante, se debe desechar el viejo concepto de que ser docente es ser una enciclopedia de saberes, un mago o el mártir de la humanidad. Ser buen didacta implica poner en práctica la experticia en el manejo del escenario didáctico, social, profesional, científico y humano. No se busca una eminencia en la ciencia, sino docentes que sepan transmitir la lógica científica con prácticas estimuladas por la acción didáctica, y que generen conocimientos auténticos que puedan ser asimilados y demostrados. Como señala Nash J. (1970): «La asimilación es un proceso por medio del cual los cambios del medio son incorporados a la estructura del organismo».  (O)

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